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Oraculo

Saqueador de Tumbas
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Todo lo publicado por Oraculo

  1. Concuerdo totalmente con vos, da muchisima pena y lastima esa actuacion saludos
  2. esta muy bueno Lara Valentina, segui asi Saludos
  3. Realmente no se sabe si estan en la web, yo los esuve buscando pero no los encontre. Tambien es ilegal bajarselo,no queda otra(y hacer lo correcto) de comprarlos. Ademas esta mejor tener encuadernados que imprimirlos o leerlos d ela Pc Saludos
  4. Realmente esta excelente, te felicito Bartoli tenes una mano increible para escribir. Y te felicito por las mas de 6000 visitas que tuviste, sigue asi Saludos
  5. Te podria recomendar mi relato del secreto de las piramides y la Hora cero que empece a postear Saludos
  6. Oraculo

    TR Adaptaciones

    Muy bueno Izan, esta excelente Sigue asi amigo Saludos
  7. Aqui mando el ultimo capitulo del volumen CAPITULO V: ¡LA DECLARACIÓN DE GUERRA DE ATHENA A ZEUS! TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Tras el último ken de Aioria de Leo, sólo queda una inmensa nube de polvo en el templo. Seiya y Shun saben que Aioria ha muerto en su último ataque contra Acteón de Eros, así que deciden que la mejor manera de honrar su memoria es seguir al siguiente templo. Justo cuando están por abandonar el templo, oyen una voz que les dice: -“¡Esperen! No irán a ninguna parte hasta que me derroten”. Los santos voltean y con asombro ven a Acteón de Eros, quien ha salido ileso del ataque de Aioria.Shun le dice a Seiya que se vaya y que como decidieron antes, él se quedará a combatir solo. Acteón les dice que a él no le importa si Seiya se va o no. Ya que cree que al ser santos de bronce no tienen oportunidad en contra de los Dioses y olimpianos de Zeus. Seiya se despide de Shun y le dice que lo estará esperando para juntos derrotar a Zeus. Shun contesta que no importa lo que pase jamás deben mirar hacia atrás. EN LAS AFUERAS DEL TEMPLO... Shiryu y Gad de Odiseo están por iniciar su pelea. Shiryu le dice a Gad que vengará a Milo. Gad le responde que cortar la “Auriga de Odiseo” fue un milagro que no se volverá a repetir, por lo que no tiene oportunidad de vencerlo. El olimpiano amenaza a Shiryu con atacarlo con su “Golpe de Saeta”, a lo que el santo de bronce comenta que los ataques en segundas ocasiones no surten efecto en un santo. Gad se enfurece ante tales palabras y dispara su mortal ken... Shiryu sale volando por el golpe, el olimpiano se siente victorioso; pero... para su sorpresa, el santo de Athena cae de pie y sin ningún rasguño. Gad se pregunta que como le hizo Shiryu para soportar el ken a lo que éste le responde:-“Es verdad, tu ken es muy poderoso. Pero cuando me atacaste, yo me protegí de tu patada con mi escudo de Dragón”. Shiryu le explica que el escudo de Dragón es el más poderoso de todos y no cualquier ataque lo daña. Además de que le hace saber que no volverá a usar ese ken de nuevo, porque tiene la pierna rota. Gad cae de rodillas al darse cuenta que su kamei está cuarteado y el hueso de su pierna roto. El santo de Athena le dice que le dará tiempo para que se cure la pierna antes de seguir el combate, ya que no quiere tener ventaja. El olimpiano se levanta. Shiryu siente como el cosmos de Gad se eleva más y más... -“Tú lo pediste Dragón, ahora sentirás en carne propia mi más terrible ken, el ¡“Cortador de Acero”! ”. Exclama lleno de ira Gad. Todo el lugar se cubre de una luz intensa que al disiparse deja ver a ambos contendientes, Shiryu, que ha salido ileso al igual que su escudo del ataque... y Gad que ha perdido su brazo derecho, y no sólo eso, también su kamei ha sido cortado. El olimpiano ahora sabe que Shiryu no es un santo de bronce común y corriente. Para empezar, ¿Cómo es que pudo entrar al Olimpo sí no es un Dios ó porta un kamei? Además, ¿Qué pude tener su brazo que ha sido capaz de cortar tanto la auriga como su kamei? Shiryu le responde explicándole que la razón por la que ha podido entrar al Olimpo, es porque está usando la armadura bañada en sangre de un Dios, en cuanto a como fue capaz de cortar la auriga y el kamei de Odiseo, es sencillo, lo que pasa es que en su brazo derecho habita el espíritu de ¡“Excalibur”! la espada sagrada que corta lo que sea. Gad ahora comprende como fue que Shiryu logró cortar la auriga y su kamei, pero aún así no se da por vencido. Por el contrario, se prepara para atacar nuevamente. Shiryu le dice que no está dispuesto a pelear con un hombre que ya tiene un pie en la tumba. El olimpiano le pregunta de qué está hablando, pero al ver su cuerpo lo entiende... De las heridas hechas por la “Aguja Escarlata” de Milo, está brotando toda la sangre de Gad; el cual cae inerte al momento. Shiryu sabe que debe apresurarse, así que se dirige hacia el primer templo donde combaten Shun y Acteón de Eros... MUY LEJOS DE AHÍ. En una habitación dentro del templo del Cielo se encuentra Athena. Junto a ella están Eduardo de Zeus y su emisario, Laertes de Hermes. Saori ha vuelto en sí. Zeus la saluda. Athena lo cuestiona sobre quien es él. A lo que contesta el Dios: -“Yo soy Eduardo de Zeus, el emperador y soberano de todos los Dioses”. -“Entonces tú eres la reencarnación de Zeus. Tu objetivo es la destrucción de la humanidad, ¿No es así?”. Cuestiona Saori. -“Así es, los humanos se merecen el castigo que les daré. Lo que sufrirán no será más que las consecuencias de haber sido inútiles y desaprovechados. Sin embargo no sólo destruiré a los humanos, si no que reconstruiré el Universo. Tú y yo fuimos elegidos por dos seres omnipotentes, somos Dioses. Por eso es que a pesar de que eres la Diosa protectora de la Tierra, te salvé.” Y lo que te propongo es que no trates de detenerme y te unas a mí en esto. Lo que te estoy pidiendo es que me ayudes a exterminar a la raza humana actual, y hacer una nueva a seme-janza de nosotros, los Dioses”. Exclama Zeus. -“¡¡No!! ¡Cómo crees que voy a permitir tal atrocidad! Yo soy Athena, y junto con mis santos detendremos tus malignos planes. Te lo juro por mi vida.”. Responde tajante Athena. -“No sé porque sabía que rechazarías mi propuesta, así que me preparé muy bien. ¡Laertes, ahora!”. Dice Zeus. De entre las sombras de la habitación aparece Laertes de Hermes, uno de los Dioses del Olimpo que están al servicio de Zeus. Él cual comienza a tocar una hermosa melodía con su flauta que hace a Saori entrar en una especie de trance. -“Muy bien, escúchame Athena ; con ésta égida que te voy a poner estarás bajo mi control y quieras o no me ayudarás a eliminar a toda la humanidad y a establecer mi utopía como en la era mitológica.”. Exclama Zeus. El señor de los Dioses ordena a Laertes despertar a Athena. Saori despierta. -“¿Y bien Athena? ¿Aceptarás mi propuesta?”. Cuestiona Zeus a Saori. -“Sí, mi señor Zeus. Con gusto le ayudaré a exterminar a los inútiles humanos”. Contesta ésta. -“Así está mucho mejor”. Dice victorioso Eduardo de Zeus... (Nota : En la mitología griega, la égida era una especie de vestimenta que Zeus le entregó a su hija Athena, cuando le dio la responsabilidad de dirigir el reino de la Tierra. Y la Diosa la portaba siempre debajo de su armadura en todas las batallas.) Saludos
  8. Hola amigos aqui les mando el capitulo 4 CAPITULO IV : ¡ EL RUGIDO FINAL DEL LEON DORADO ! TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Aioria acaba de recibir un poderoso golpe de Acteón de Eros. No obstante aún no se rinde. Acteón reta a Aioria a tratar de utilizar su máximo poder para derrotarlo. SEGUNDA CIUDADELA DEL OLIMPO. Cástor y Pólux se presentan ante Saga. Éste se encuentra sorprendido de saber que su maestro tiene un hermano gemelo. Los hermanos Dioscuros preguntan a Saga si está asombrado de que sean dos los antiguos santos de Géminis. Saga les advierte que aunque sean dos, aún así los vencerá. EN LAS AFUERAS DEL PRIMER TEMPLO DEL OLIMPO. Los santos de bronce están por entrar en el templo de la Armonía y Paz Universal. Shun les pide a Seiya y los demás que al entrar al templo, lo dejen y se vayan al siguiente, ya que ha decidido pelear ahí solo. Seiya le dice que no importa lo fuerte que se hayan vuelto, los enemigos que les esperan en los templos son los más temibles que se han encontrado. Por lo que no lo puede dejar pelear solo contra el Dios guardián del templo. Shun les comenta que en el tiempo que vivió la vida normalmente al lado de Ikki, le hizo una promesa; la cual era que si alguna vez estuviera amenazada la paz de la humanidad, tendría que pelear con todo su poder y que no importa que enemigo enfrentaría por sí mismo sin la ayuda de nadie para demostrarle que aún sin él, nunca se daría por vencido. Seiya, Shiryu y Hyoga están de acuerdo con él y le dan su palabra de dejarlo combatir solo como lo desea. TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Aioria libera su terrible ken “Relámpago de Voltaje” en contra de Acteón de Eros, sin embargo el Dios lo atrapa con una sola mano. Acteón le dice que si ese fue el ken más poderoso que tiene entonces ahora verá lo que es un verdadero ken de poder... Es el ¡“Pentagrama Cósmico”!. El santo dorado es atrapado por un gigantesco remolino de pentagramas musicales, cuyas notas atraviesan una y otra vez su cuerpo provocándole heridas. Acteón está asombrado por la resistencia de la armadura de Leo que no ha sufrido daño alguno tras el ataque. No obstante Aioria si se encuentra malherido... Aioria decide usar su última técnica, aunque sabe que en el estado que se encuentra, puede costarle la vida. Se levanta y enciende su cosmos... Acteón lo felicita por poder aún elevar su cosmos, pero que él con un pequeño esfuerzo podría opacar su cosmos. La lucha entre los dos cosmos empieza, siendo el de Acteón el más poderoso, sin embargo, Aioria no se rinde y aumenta aún más su cosmos. MIENTRAS TANTO NO MUY LEJOS DE AHÍ... Seiya y los demás sienten los dos enormes cosmos chocar, e identifican uno de los cosmos como el de Aioria. Por lo que se apresuran a llegar a ayudarlo. PRIMERA CIUDADELA DEL OLIMPO. La batalla entre Milo de Escorpión y Gad de Odiseo, continúa. Milo ha decidido utilizar su técnica “Aguja Escarlata”, para derrotar a Gad. Así que arremete en contra del olimpiano con todo su poder, pero Gad lo esquiva fácilmente. Gad se burla de Milo, pero éste le dice que se mire bien antes de burlarse. En efecto, para sorpresa de Gad, Milo logró alcanzarlo en cinco ocasiones. El olimpiano reta a Milo hacerlo otra vez. El santo ataca de nuevo, y Gad lo vuelve a evadir; pero nuevamente es alcanzado por las agujas de Milo. Gad no puede creer como es que el santo dorado lo ha estado tocando y lo reta una vez más... El resultado es el mismo. Milo le advierte a Gad que ya ha recibido catorce agujas, y si le asesta la última morirá sin remedio. Así que debe elegir entre rendirse o morir. Gad sólo ríe y le dice que sus agujas son un truco de niños y que le demostrará lo que es un verdadero ken, su poderoso... ¡“Golpe de Saeta”! El santo dorado se prepara a recibir el ataque, pero confiado en que derrotará a Gad. Milo no intenta eludir el ken y es irremediablemente alcanzado por Gad, cuyo cuerpo asemeja a una flecha. Gad da una carcajada al ver el cuerpo del santo de Athena estrellarse contra los escalones de la entrada del templo. Sin embargo, Milo aún vive y le dice que no se alegre tan rápido ya que en el transcurso del último ataque, logró atravesarlo con la última de sus agujas... ¡“Antares”! El olimpiano dice que el “Antares”no le hizo el menor daño, así que como Milo sigue vivo a pesar de su ataque, ahora le cortará la cabeza usando su auriga. La auriga es lanzada por Gad y cuando está por cortar la cabeza de Milo, cae al suelo cortada en dos ante los ojos atónitos de Gad. En eso de la entrada del templo de la Armonía y Paz Universal, aparece la silueta de alguien que se aproxima a Gad y Milo. -“¿Tú? ¿Acaso puede ser posible que alguien como tú haya podido cortar la poderosa “Auriga de Odiseo?”. Pregunta Gad. -“Así es, no permitiré que mueran más santos. Primero tendrás que vencerme a mí para matar a Milo. Y como ves no será fácil derrotarme. ¡Yo soy el Dragón Shiryu!”. Contesta el recién llegado... TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Los cosmos de Aioria y Acteón chocan, en un impresionante duelo. Acteón advierte por última vez al santo dorado de Leo que lo destruirá si no se rinde, pero la respuesta es la misma, Aioria no se rendirá. Acteón se prepara para atacar con su “Pentagrama Cósmico”, pero en ese instante... ¡Una cadena aparece y atrapa la mano del Dios!... Sí, así es, Seiya y Shun han llegado. El Dios los cuestiona sobre quienes son a lo que contestan que ellos son: Pegaso Seiya, y Andrómeda Shun. Aioria les explica la situación y les dice que no necesita su ayuda y que vayan al siguiente templo sin perder tiempo. Aioria se despide de ellos encargándoles el cuidado de Athena y la paz del Universo. Ahora se dispone a utilizar su última técnica: el “Rugido de Leo”. El cuerpo de Aioria empieza a girar hasta convertirse en una gigantesca esfera de energía que se impulsa a una velocidad más alta que la luz en contra de Acteón de Eros. Al ver el último ken de Aioria, Acteón comprende que el “Rugido de Leo” no es cualquier cosa y debe enfrentarlo con seriedad... Pero el Dios aún no acaba de reflexionar eso, cuando no tiene tiempo de reaccionar y es envuelto en la enorme explosión que provoca el choque del ken de Aioria... Saludos
  9. CAPITULO III: LOS GEMELOS DIOSCUROS, CASTOR Y PÓLUX. Seiya, Shiryu, y Shun han dejado atrás a Hyoga combatiendo con Altair y llegan a la primera ciudadela, donde se halla el primero de los templos, se trata del templo de la Armonía y Paz Universal donde se encuentran peleando Milo de Escorpión y Gad de Odiseo. Seiya pregunta a Milo si desea que lo ayuden a lo que éste le contesta que no los necesita y que mejor vayan a auxiliar a los otros santos dorados que han entrado al templo. TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Aioria de Leo se encuentra combatiendo a Acteón de Eros, Dios Guardián del templo. Acteón le dice a Aioria que derrotó de esa forma tan fácil a Afrodita sólo para mostrarle una pequeña parte de su poder con la esperanza de que se acobardara y huyera sin tener que matarlo sin sentido, pero ve que está dispuesto a pelear hasta la muerte. Así que no le queda más remedio que eliminarlo. -“Para derrotarte ni siquiera utilizaré mi lira, con esto tendrás”. Amenaza Acteón. El ataque lanza a Aioria contra unos pilares del templo y después se le vienen encima pesados escombros. Acteón se da la vuelta victorioso, pero en eso se escucha una voz: -“Aún no me has derrotado”. ¡Es Aioria! Quien le dice al Dios que ahora verá su verdadero poder. Eros le dice que si cree que con lo que derrotó al olimpiano Neir de Ayax, lo vencerá; está loco. Aioria empieza a encender su cosmos hasta un nivel más alto que el utilizó contra Neir, y ataca a Acteón con toda su fuerza. El Dios atrapa el ken con sus manos, pero aún así es arrastrado varios metros. Acteón felicita a Aioria por lo que acaba de hacer. Diciéndole que es un buen rival después de todo, por lo que peleará a su nivel. Después de esto se despoja de su toga y enciende su cosmos... Y a la velocidad de la luz se planta enfrente del santo de Leo y le regresa el golpe con la misma fuerza... SEGUNDA CIUDADELA DEL OLIMPO. Saga de Géminis está a punto de comenzar su pelea en contra de Vane de Pólux, el olimpiano que protege la entrada al templo de la Guerra Santa. -“Cuanto tiempo sin verte, Saga”. Exclama Vane. Saga se sorprende, y le pregunta quien es. A lo que el olimpiano le contesta que si ya no lo recuerda, tal vez si se quita la máscara lo reconozca... -“¡No! ¡No es posible! Eres... eres... ¡El Maestro Vane, el antiguo santo de Géminis!”. Dice asombrado Saga. Vane le dice a Saga que sólo está ahí para que no siga adelante. Saga le contesta que lo siente, pero no se va a detener y si es necesario peleará en su contra. Vane dice que no hay remedio, tendrá que destruirlo muy a pesar de que sea su alumno. LO QUE ALGUNA VEZ FUE EL SANTUARIO, EN GRECIA. Shion y el maestro Dohko se alistan para ir al Olimpo. Dohko pregunta a Shion si el sabe en donde está la armadura de Athena. A lo que éste le dice que tal vez se perdió durante la batalla con Hades. En eso llega Kanon a comunicarles que desea una nueva armadura ya que quiere ir a ayudar a su hermano y a los otros santos dorados. Shion le comunica que Saga ya le había pedido eso, así que Shion renovó la antiguas escamas del Dragón Marino y las transformó en la nueva y mejorada armadura de Géminis. Igual de poderosa que la de Saga. Sin perder el tiempo Kanon corre a la habitación del Patriarca por su nueva armadura. (Nota: La habitación del Patriarca, es una de las pocas cosas del Santuario que quedaron en pie. Ya que la onda expansiva de la explosión sólo alcanzó a llegar hasta la casa de Sagitario.) ORIENTE, EN ALGÚN LUGAR DE UN BOSQUE. Tatsumi y los santos de acero observan a través de la televisión el enorme cráter que quedó en lo que alguna vez fue el sitio más impenetrable del mundo, el Santuario de Grecia. Preguntándose si acaso Saori, Seiya y los demás santos perecieron en esa explosión. PRIMERA CIUDADELA DEL OLIMPO. Continúa la batalla entre Milo de Escorpión y Gad de Odiseo. Milo sufre para esquivar la poderosa y veloz “Auriga de Odiseo”, hasta que Gad le dice que aunque la esquive el puro aire que desprende la auriga es capaz de cortar su armadura de oro. Y que si no le cree es mejor que se mire su ropaje. Para sorpresa de Milo, la armadura de Escorpión tiene rajaduras. Sin embargo, Milo aún no se ha dado por vencido y planea atacar a Gad con las “Agujas Escarlatas”. SEGUNDA CIUDADELA DEL OLIMPO. Vane le da un ultimátum a Saga. Sin embargo, el santo de Géminis no está dispuesto a darse por vencido, así que el olimpiano se prepara para destruirlo. Vane le dice al santo de Athena con lo acabará con su ken llamado “Explosión de Nova”. Saga no puede eludir el ataque y queda en medio de la terrible explosión. Al desaparecer la nube de polvareda, sólo queda un Saga inconsciente en el centro de un gigantesco cráter. El olimpiano piensa que ya todo acabó... sin embargo... ¡Saga se levanta! De pronto una voz se escucha diciendo: -“No te confíes, Vane. Recuerda que él fue tu mejor discípulo”. Ambos voltean para saber de quien se trata... El recién llegado se presenta ante Saga: -“Yo soy Dagr de Cástor, y soy hermano de Vane. Sí así es, ¡Somos los gemelos Dioscuros, Cástor y Pólux ! ”. Saludos
  10. Muchisimas gracias SnowMan, muy interesante el proyecto Saludos
  11. Hola amigo aqui va el capitulo 2 CAPITULO II: ¡LA IRA DEL GUERRERO DE LOS HIELOS ! LAS CAVERNAS DE SANGÜITA. Los santos de bronce están asombrados por ver sus estatuas. En ese momento aparece Shion, quién les dice que desde tiempos inmemoriales se les esperaba en ese lugar. Ya que ellos son los santos elegidos que pelearán en la última de las batallas. Después de felicitarlos por haber pasado el reto de las cavernas, les dice que no hay tiempo que perder debe ir a ayudar a los santos dorados que combaten en el Monte Olimpo. SEGUNDA CIUDADELA DEL OLIMPO. Saga y Mu están a punto de llegar al segundo templo, de pronto un extraño les sale al paso. Él les dice que es el guardia pretoriano de la segunda ciudadela, donde se encuentra el templo de la Guerra Santa. Y su nombre es Vane de Pólux. Saga le pide a Mu que siga adelante, por que su fuerza será de gran ayuda más adelante para derrotar a Zeus. Mu acepta y se marcha sin que Vane le impida el paso. EN OTRO LUGAR MIENTRAS TANTO... Seiya y sus amigos se preparan para ir al Olimpo. En ese instante aparece ante ellos un extraño, el cual les dice que antes de ir a pelear con Zeus necesitan unas nuevas armaduras más poderosas que las que traen. Los santos lo cuestionan sobre quien es y éste les contesta que su identidad no vale la pena, que sólo está ahí para ayudar a darle más poder a los ropajes de ellos. Por lo que les trajo un obsequio, entonces les muestra una crátera la cual está llena de sangre. Seiya le pregunta de quien es la sangre a lo que el extraño contesta que lo único que tienen que saber es que... ¡Es sangre de dioses! Después de esto desaparece tan rápido como llegó. Shion comenta que no sabe quien era el mensajero, pero de lo que está seguro es que esa sangre si es de dioses; y con ella va a renovar las armaduras... TEMPLO DE LA ARMONÍA Y PAZ UNIVERSAL. Aioria y Afrodita están por iniciar su combate en contra del Dios Guardián del templo, Acteón de Eros. El santo de Leo le recuerda a Afrodita que tienen que pelear los dos juntos para derrotar al Dios. Sin embargo Afrodita hace caso omiso del consejo y ataca a Acteón con su nuevo ken: “Rosas Estelares”, pero el Dios no sufre ningún daño y el ataque del santo de Piscis vuelve en contra de sí mismo. Acteón le recuerda que aquel mortal que se atreva a levantar su puño en contra de un Dios será castigado, el poder en contra de un Dios se regresará en contra suya. Por lo tanto, el Dios de Eros se dispone a castigar a Afrodita. Así que toca una nota con las cuerdas de su lira y, el cuerpo del santo dorado es lanzado contra los muros del templo. MIENTRAS EN LA ENTRADA AL OLIMPO. Seiya y los demás santos han llegado al Olimpo, vistiendo las nuevas armaduras que reparó Shion y se encuentran frente a la primera ciudadela de los Dioses. De pronto, Hyoga descubre el cuerpo inerte de Camus de Acuario. En ese momento, Altair de Ganímedes aparece frente a ellos. Hyoga le pregunta si él mató a Camus. El olimpiano sólo asiente con la cabeza, y les advierte que no los va a dejar seguir adelante. Hyoga les dice a sus amigos que él se quedará y que ellos sigan adelante. Altair dice que no dejará que ninguno de ellos se vaya, y Hyoga le dispara un rayo frío con su dedo índice al tiempo que dice a Seiya y los otros que corran. El olimpiano repite que no pasarán, pero cuando trata de detenerlos no se puede mover, ya que un círculo de hielo está alrededor de su cuerpo. -“Ese es el círculo de hielo”. Exclama Hyoga. También le dice que entre más trate de moverse aparecerán más y más círculos a su alrededor y le será imposible liberarse. Sin embargo se lo quitará una vez que sus amigos estén lo suficientemente lejos de ahí. Altair le dice que es muy amable, pero que de todas formas él puede liberarse por sí mismo. Así que enciende su cosmos y destruye el círculo de hielo que Hyoga le había puesto... Sin tiempo que perder, Hyoga ataca a Altair con el “Polvo de Diamante” enviándolo a volar lejos. El olimpiano le dice que es mejor de lo que esperaba, sin embargo con ese poder no podrá vencerlo. Hyoga le dice que lo va a hacer sufrir poco a poco para que pague por la muerte de Camus. Enseguida el santo del Cisne se lanza sobre las piernas de Altair y se las congela, para después atacarlo con el chorro frío de su “Rayo de Aurora”, el olimpiano es elevado por los aires y cae pesadamente estrellándose contra el suelo. Altair se levanta enfurecido y le dice a Hyoga que lo acabará con lo que derrotó Camus, la “Cruz del Aguila”. El santo de Athena recibe el ataque y es estrellado contra un pilar de mármol. Altair está seguro que Hyoga no aguantó el ataque y que ha sido derrotado, pero, cuando se acerca al cuerpo de éste, Hyoga está burlándose del ken. El olimpiano no puede creerlo, y más aún cuando se levanta sin ningún rasguño en su armadura. Hyoga le dice a Altair que lo eliminará con el ken que aprendió de Camus, la “Ejecución de Aurora”. Sin embargo, Altair va a contraatacar con su ken más poderoso; “Ataque de Altair”. El olimpiano y el santo atacan al mismo tiempo, y los kens chocan siendo el de Hyoga el más poderoso golpeando irremediablemente a Altair convirtiéndolo en una estatua de hielo para después salir disparado hacia arriba y caer al suelo haciéndose mil pedazos... Saludos
  12. Hola amigos aqui arranco el volumen 3 VOLUMEN III CAPITULO I: ¡EL NOVENO SENTIDO, EL KUNDALINI! TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Ante Aioria y Afrodita se presenta el guardián del templo. El extraño les dice que es Acteón de Eros, el guardián del templo de la Armonía y Paz Universal. Los santos se asombran del impresionante cosmos que posee Acteón. Aioria le dice a Afrodita que tendrán que pelear los dos al mismo tiempo si es que quieren poder vencer al Dios guardián de ese templo. A regañadientes el santo de Piscis acepta. CAVERNAS DE SANGÜITA. Seiya se encuentra con lo que parece ser el lado negativo de él mismo, y no puede derrotar a tal adversario; por otro lado Hyoga acaba de llegar a un lugar que es idéntico a su tierra natal, Siberia. De pronto aparecen ante él Camus, Cristal e Isaac, quienes le reprochan su fracaso como santo. Mientras tanto Shiryu se encuentra cara a cara con los más terribles rivales a los que ha enfrentado, y para colmo, en el instante de verlos... ¡Vuelve a perder la vista! Por su parte, ante Shun aparece Ikki, ¡Quien tiene la intención de matarlo! MIENTRAS TANTO EN LAS AFUERAS DE LA PRIMERA CIUDADELA DEL OLIMPO. Milo de Escorpión ha inmovilizado a Gad de Odiseo, uno de los olimpianos de Zeus, para que sus compañeros pudieran seguir adelante. -“¿De manera que crees que este truco puede detenerme?”. Cuestiona sarcásticamente Gad. Milo le contesta que sólo era para que los santos dorados pudieran entrar al templo. Gad le dice que entiende, que lo hizo para que nadie interfiriera en su combate. El olimpiano ataca a Milo, pero éste se desaparece ante sus ojos. Gad está sorprendido por la velocidad del santo, y está decidido a atacarlo con todo su poder. Gad pregunta a Milo si ha oído hablar de la “Auriga de Odiseo”; éste responde que no y el olimpiano le dice que en la mitología, Odiseo, el rey de Ítaca era uno de los guerreros más poderosos al servicio de Athena y que la diosa después de su aventura en Troya y tras haber estado perdido veinte años demostrando su valor y tenacidad, ella le entregó una auriga mágica forjada por Hefestos, la cual cortaba cualquier cosa y que no importara a donde la lanzara siempre regresaría a su mano. Al terminar de hablar lleva su mano a la espalda y saca la... ¡“Auriga de Odiseo”! EN OTRO LUGAR, LEJOS DE AHÍ. Seiya no puede derrotar a su sombra ya que al atacarlo es como si golpeara un holograma y no sólo eso, con cada ataque la sombra responde con más poder y velocidad. Lo mismo pasa con los demás santos con sus respectivos rivales. Cuando están a punto de darse por vencidos, todos escuchan la voz del maestro Shion; quien les dice: -“Recuerden que en ese lugar se reflejan sus mentes, a lo que más teman hallarán. El cosmos que es activado por el proceso de respiración abre los shakras; que son los siete puntos vitales en los que el ser humano almacena energía. Pasando por los meridianos llega hasta el tope de la cabeza para terminar sublimándose. A todos aquellos que logren hacerlo se les llama: “Guerreros Kundalini”, que son los que han adquirido el noveno sentido”. Los santos comprenden que para derrotar a sus oponentes necesitan despertar el noveno sentido. El maestro Shion les dice que cuando sientan y escuchen en su corazón al noveno sentido su poder ya no será el mismo. Seiya sigue atacando a su sombra con los mismos resultados infructuosos. Sin embargo se da cuenta de que si él ataca, su oponente responde y ahora que ha dejado de atacar la sombra está inmóvil. Comprende que nunca le ganará si no se concentra y despierta los siete shakras. Seiya cierra los ojos y se concentra de pronto una luz empieza a cubrir su cuerpo, empezando en la parte baja del abdomen hasta la cabeza; y un gigantesco cosmos emana de él... El santo de Pegaso ataca nuevamente, pero esta vez su rival es destruido por el ken de Seiya. Al ser vencida la sombra, Seiya puede ver que la salida de las cavernas esta justo frente a él... Y con Shiryu... El santo del Dragón siente que no podrá vencer a sus rivales si no adquiere el noveno sentido tal y como lo dijo Shion. En ese instante recuerda que para vencer a esos enemigos necesitó hacer arder todo su cosmos hasta el punto de hacerlo estallar. Las enseñanzas de Dohko vienen a su cabeza. Cuando su maestro le dijo: -“El propósito original de la pelea, recuerda que si no tienes un objetivo por el cual tienes que ganar serás derrotado”. Shiryu piensa que en esta ocasión es lo mismo, por lo que va a aumentar su cosmos al punto de explosión y alcanzará el nivel del Guerrero Kundalini. -“Shion dijo que cuando alcanzáramos el noveno sentido lo sentiríamos desde el fondo del corazón. Ahora lo sé, ¡Estoy listo para liberar al último Dragón!”. Piensa Shiryu. Con su poder el santo del Dragón derrota a sus oponentes y obtiene el derecho a salir de ese lugar. Con Hyoga... El santo del Cisne está siendo vapuleado por Camus, Isaac y Cristal ya que no quiere pelear en contra de ellos. Sin embargo empieza a reflexionar sobre lo que siempre le aconsejaron sus maestros; que cuando estuviera combatiendo a un rival no importara quien fuera, debería de pelear con todas sus fuerzas. Hyoga se concentra en el momento en que adquirió el grandioso aire frío del cero absoluto el cual es mucho más poderoso que el de su maestro Camus. Sin darse cuenta ya no estaba en Siberia, y Cristal e Isaac habían desaparecido. Ahora estaba en la casa de Acuario combatiendo con Camus. Hyoga sabía que en lo que pensará ahí adentro se materializaría, por lo que decidió trasladarse al momento de su vida donde tuvo que usar todo su cosmos para vencer al más terrible de sus rivales, Camus de Acuario. La batalla llega a su clímax, el momento en que los dos realizaron la “Ejecución de Aurora” al mismo tiempo. Hyoga eleva al máximo su cosmos y libera su poder... En ese momento todo se cubre de luz y la salida de las cavernas aparece frente a él. Mientras tanto con Shun... Éste está desesperado por que la cadena de Andrómeda no le causa el menor daño a... ¿Ikki? El falso Ikki ataca una y otra vez sin respuesta, hasta que de pronto Shun escucha la voz de su hermano que le dice: -“Shun, escucha esto; no debes darte por vencido ya que en tus manos se encuentra el destino del Universo. Tienes que ser muy fuerte y soportar todas las adversidades hasta mi regreso. Demuéstrame que puedes derrotar a cualquier enemigo sin mi ayuda, ¡Tú sólo! ¡Adelante Shun!”. Shun comprende las palabras de su hermano y eleva su cosmos al nivel más alto, y por primera vez siente seguridad en sí mismo para derrotar a un oponente, de ésta forma alcanza el noveno sentido y grita con todas sus fuerzas: -“¡Ikki, mírame! Aquí está el mayor poder de Shun Andrómeda”. Se produce una gran explosión y al disiparse, Shun puede ver la salida... Ya afuera todos los santos de bronce se reúnen. Y descubren que en una especie de plazoleta en las afueras de las cavernas están sus estatuas... Saludos
  13. Hola amigos aqui les mando el capitulo 3 CAPÍTULO 3 Rebecca contempló a Billy salir del vagón y se sintió impotente y muy joven. Él ni siquiera miró hacia atrás, como si no valiera la pena preocuparse por ella. Y al parecer, así es, pensó Rebecca, dejando caer los hombros. No se había esperado que fuera tan…, bueno, tan atemorizador. Grande, musculoso, con unos ojos de acero oscuro y un intrincado tatuaje tribal que le cubría todo el brazo derecho. Pudo verlo porque la fina camiseta de algodón que llevaba le dejaba ambos brazos al descubierto. Tenía un aspecto duro, y después de su terrible encuentro con los casi muertos andantes, Rebecca no se había sentido capaz de detenerlo. Sin mencionar que te pilló desprevenida. Había encontrado un cadáver solitario en la parte delantera del vagón, uno de los operarios del tren, y vio lo que parecía una llave en la fría mano del muerto. Como la única otra puerta por la que salir del tren estaba cerrada, había intentado conseguir la llave; era eso o regresar a través del vagón de pasajeros. Estaba tan concentrada intentando coger la llave sin romper los rígidos dedos que no había oído acercarse al convicto, no hasta que fue demasiado tarde. Después de su encuentro, mientras regresaba a la parte delantera del vagón, se fijó en que, de todas formas, la puerta cerrada se abría con tarjeta. Fantástico. Hasta el momento lo estaba haciendo de maravilla. Se volvió y agarró la radio, dispuesta a admitir la derrota. Si pudiera conseguir que los del equipo vinieran rápidamente, ellos se encargarían de Billy. Y lo más importante, deseaba no ser la única en saber que alguna especie de plaga se había abatido sobre Winsburg. Resultaba curioso. De repente, atrapar a un asesino convicto había descendido bruscamente en su lista de prioridades. ¡Bam! ¡Bam! Incluso antes de que pudiera tocar el botón del transmisor, oyó los dos disparos en el vagón contiguo, en la dirección en la que Billy se había marchado. Dudó un momento, sin saber qué hacer, y en ese instante, una ventana estalló a su espalda. Se volvió, y en medio de los añicos de cristal vio una figura humana cayendo al suelo. —¡Edward! El mecánico no respondió. Rebecca corrió al lado de su compañero de equipo, evaluando rápidamente su estado. Aparte de una enorme herida abierta en el hombro derecho, tenía la cara grisácea por el espanto y la mirada empañada y desenfocada. Todas las partes expuestas de su cuerpo estaban cubierta de contusiones y abrasiones. —¿Estás bien? —preguntó Rebecca, mientras abría su botiquín de campaña y sacaba un grueso parche de gasa. Rompió el envoltorio y se lo aplicó sobre el hombro a su compañero mientras pensaba con una sensación de abatimiento que no le serviría de mucho. A juzgar por la cantidad de sangre que le empapaba la camisa, seguramente tenía la vena subclavia seccionada. Se sorprendió de que siguiera con vida, y más aún de que hubiera tenido fuerzas para saltar por la ventana. —¿Qué ha pasado? Edward giro la cabeza hacia ella, parpadeando lentamente. Su voz estaba crispada por el dolor. —Peor que… No podemos… Rebecca aguantó la venda con firmeza, pero ya estaba casi empapada. Edward necesitaba un hospital inmediatamente, o no lo resistiría. La voz de Edward sonó aún más débil. —Ten cuidado, Rebecca… —dijo trabajosamente—, el bosque está lleno de zombis… y monstruos… Rebecca comenzó a decirle que no hablara más, que no malgastara sus fuerzas, cuando otra ventana estalló a su izquierda, cubriéndolos a ambos de fragmentos de vidrio. Dos figuras gigantescas entraron saltando a través del marco vacío. Una desapareció por la esquina del pasillo y la otra se volvió hacia ellos. Zombis y monstruos. Un perro, era un perro enorme. Pero no era como ninguno de los perros que había visto en su vida. Podría haber sido un doberman en algún momento, pero al ver las fauces abiertas goteantes de saliva y los pedazos de carne y músculo que le colgaban de las ancas, Rebecca se dio cuenta de que también «eso» estaba infectado por la enfermedad que había acabado con los pasajeros del tren. No sólo tenía aspecto de muerto, sino que parecía destruido, con una película roja sobre los ojos y el cuerpo apedazado como un mosaico enloquecedor de piel mojada y tejidos sanguinolentos. Edward no sería capaz de protegerse. Rebecca se alzó lentamente y dio un paso atrás, alejándose del agonizante mecánico. Tenía la pistola en la mano, aunque no recordaba haberla desenfundado. Oyó al segundo perro jadeando por el corredor, fuera de su vista. Apuntó al ojo izquierdo del animal y por primera vez comprendió el verdadero horror de esa enfermedad, fuera ésta cual fuera. Su enfrentamiento con los pasajeros casi muertos había sido terrible, pero tan aturdidor que casi no había tenido tiempo de considerar lo que significaba. Pero al ver a la monstruosa bestia de patas tiesas que tenía delante, cuyo gruñido se iba alzando hasta convertirse en un penetrante aullido de hambre, se acordó del perro de su infancia, un peludo labrador de color negro llamado Donner, se acordó de cuánto lo había querido, y se dio cuenta de que eso probablemente había sido alguna vez la mascota de alguien. Igual que esa gente a la que había disparado, que alguna vez habían sido humanos y se habían reído o llorado, y tenían familias que los echarían de menos, familias que quedarían destrozadas por su pérdida. Ya fuera una enfermedad, un escape químico o un ataque, lo que había causado todo eso era una abominación. La idea cruzó su mente por un instante y desapareció. El perro tensó sus descarnados costados, preparándose para atacar, y Rebecca apretó el gatillo. La nueve milímetros le dio una fuerte sacudida en la mano y el estruendo resultó ensordecedor en un espacio tan pequeño. El perro se desplomó. Rebecca se volvió y apuntó hacia el pasillo, esperando a que apareciera el segundo perro. No tuvo que esperar mucho. Rugiendo, el animal saltó desde la esquina con las fauces abiertas. Rebecca disparó. El tiro entró por el pecho del perro y lo lanzó hacia atrás con un agudo gemido de dolor, pero siguió en pie. Se sacudió como si acabara de salir del agua y gruñó, dispuesto a ir a por ella, aunque una sangre oscura y pustulenta le manaba de la herida. ¡Debería haberlo matado, esa bala debería haberlo dejado seco! Igual que la gente en el vagón de pasajeros, parecía que sólo una herida en la cabeza acabaría con él. Rebecca alzó la pistola y disparó de nuevo. Esta vez le dio en el centro de la estrecha cabeza. El perro cayó, se sacudió en un espasmo y quedó inmóvil. Podía haber más. Rebecca bajó ligeramente el arma, se volvió hacia las ventanas rotas e intentó ver a través de la oscuridad y la lluvia a la vez que se esforzaba por oír algo que no fuera la tormenta. Al cabo de unos segundos desistió. Se volvió hacia Edward mientras buscaba una nueva venda en la mochila, y se detuvo con la mirada clavada en su compañero de equipo. De la herida del hombro ya no salía sangre. Rápidamente le buscó el pulso bajo la oreja izquierda, pero no encontró nada. Edward miraba hacia el suelo con los ojos medio abiertos, muerto. —Lo siento —murmuró Rebecca, quedándose en cuclillas. Resultaba inconcebible que Edward hubiera muerto en el corto espacio de tiempo en que ella había estado disparando contra aquellas cosas perrunas, y sintió que la culpabilidad la invadía. Si hubiera sido más rápida, si le hubiera vendado mejor la herida… Pero no lo hiciste, y cuanto más rato estés aquí sentada sintiéndote culpable, más probabilidades tienes de acabar como él. ¡Muévete! Rebecca se sintió aún más culpable ante ese frío pensamiento, pero una mirada hacia las ventanas abiertas la hizo ponerse en pie. Tendría que evaluar su culpa más tarde, cuando no fuera peligroso hacerlo. El radiotransmisor emitió un pitido. La agarró mientras se alejaba de las ventanas y del pobre Edward. La recepción era mala, pero supo que era Enrico. Se llevó el altavoz a la oreja y sintió un gran alivio al oír la voz del capitán entre la estática. —¿… me recibes? … más información sobre… Coen… De mala gana, Rebecca se acercó a las ventanas confiando en que mejoraría la recepción, pero la estática siguió casi igual. —… internado … mató al menos a veintitrés personas… cuidado… ¿Qué? Rebecca apretó el botón de transmisión. —¡Enrico, aquí Rebecca! ¿Me recibes? Cambio. Estática. —¡Capitán! MAGNIFICOS Bravo, ¿me recibes? Largos segundos de estática. Había perdido la señal. Volvió a colgarse el radiotransmisor del cinturón. Tenía que regresar al helicóptero, explicar a los otros lo de Edward, lo de Billy y lo del tren, y el terrible peligro al que se enfrentaban. Cambió el cargador de la nueve milímetros y se tomó unos momentos para recargar el que tenía medio lleno. Lanzó una triste mirada final a su compañero caído, saltó sobre el cuerpo del perro, intentando no resbalar en el charco de sangre que lo rodeaba, y se dirigió al vagón de pasajeros. Aunque sabía que debería estar impaciente por correr detrás del preso escapado para arrestarlo, esperaba no volver a ver a Billy. La muerte de Edward, los perros… Se sentía aturdida e incapaz de imponer su autoridad. ¿Veintitrés personas? La recorrió un escalofrío, y se sorprendió de que no la hubiera matado cuando tuvo la oportunidad. En el vagón de pasajeros vio el resultado de los dos tiros que había oído antes. La víctima enfermiza que antes creyó ver moverse, aunque no estaba segura, al parecer seguía viva, a fin de cuentas. Debía de haber intentado atacar a Billy igual que los otros fueran a por ella. Se detuvo en la puerta del fondo del vagón por la que había entrado inicialmente y contempló los cuerpos descompuestos de la gente a la que había matado. Si Edward estaba en lo cierto, tendría que moverse con rapidez. Y quizá no fuese Billy quien había matado a los marines. Rebecca parpadeó. No se le había ocurrido antes, pero puede que hubieran atacado el jeep y eso había permitido a Billy escapar, lo había obligado a salir corriendo. Parecía probable. Los dos cadáveres tenían señales de haber sido atacados violentamente, no les habían disparado; los perros podrían haberlo hecho. Negó con la cabeza. No importaba. De todas maneras era un asesino, y si no se sentía capaz de apresarlo, más le valdría buscar a alguien que pudiera hacerlo. Por muy seria que fuera la desconocida enfermedad, no podían dejar que Coen escapara. Dejó a su espalda el vagón de pasajeros y se apresuró a cruzar el vagón vacío hasta la puerta, esperando que los demás estuvieran de regreso en el helicóptero. No sabía muy bien cómo dar la noticia de la muerte de Edward; eso iba a ser duro. Rebecca frunció el entrecejo y empujó con fuerza la puerta corredera, que se negaba a abrirse. Presionó el picaporte una y otra vez, luego le pegó una patada a la puerta, maldiciendo en silencio. Estaba atascada, o Billy la había cerrado para evitar que lo siguiera. —¡Maldita sea! —Se mordisqueó el labio inferior y recordó la llave en la mano del operario muerto. No había conseguido sacársela y se había olvidado de ella después de su encuentro con Billy, por no hablar de Edward y los perros. Pero ¿quién necesitaba una llave? Le sería más fácil salir por una de las ventanas rotas; no representaría ningún problema. Oyó el sonido de una puerta que se cerraba y miró a la izquierda, hacia el final del tren. Alguien se movía en el siguiente vagón. Otro pasajero enfermo, probablemente. O quizá Billy seguía allí. De cualquier manera, ella estaba lista para salir y tenía ventanas donde elegir. A no ser… que sea otra persona la que esté allí, alguien que necesita ayuda. Incluso podía ser otro de los MAGINIFICOS. Una vez se le ocurrió esa idea, se sintió en el deber de echar un vistazo, aunque eso no fuera muy inteligente. Caminó rápidamente hasta el fondo del vagón mientras se preparaba para cualquier cosa. No parecía posible que esa noche pudiera ocurrir algo más extraño aún, pero también era cierto que la mayoría de lo que había pasado no parecía posible. Quería estar preparada para todo. Abrió la puerta del siguiente vagón y echó una ojeada mientras barría el espacio con la nueve milímetros. Se sintió muy aliviada al encontrarlo vacío y sin sangre. A la izquierda había una escalera que subía, y al frente, una puerta. Ésa debía de ser la puerta que había oído cerrarse… Y entonces se abrió y por ella entró Billy Coen. Billy se detuvo, miró a la chica y a la pistola que llevaba en la mano y se alegró de que estuviera viva, de que tuviera una arma y de que, al parecer, supiera utilizarla. Después de lo que había descubierto, tener un compañero podía ser su única oportunidad de sobrevivir. —La cosa está mal —dijo, y pudo ver que ella sabía que no se refería al arma que lo apuntaba. Rebecca no respondió, sólo lo miró fijamente y siguió apuntándolo con la nueve milímetros. Billy supo que se habían acabado los juegos y alzó las manos. La esposa que le colgaba le golpeó la muñeca. —Esa gente, los que has matado, estaban enfermos —prosiguió Billy—. Uno intentó morderme. Le pegué un tiro y encontré una libreta en su bolsillo. ¿Puedo…? Comenzó a bajar la mano para llevársela al bolsillo trasero. —¡No! ¡Mantén las manos en alto! —ordenó la chica, moviendo el arma. Aún parecía asustada, pero aparentemente estaba dispuesta a arrestarlo. —De acuerdo —contestó—. Cógela tú. Está en mi bolsillo trasero. —Estás de broma, ¿no? No voy a acercarme a ti. Billy suspiró. —Es importante, es una especie de diario. No lo entiendo demasiado, pero es algo sobre una investigación en un laboratorio que ha sido abandonado o destruido, y también habla sobre un puñado de asesinatos que han estado ocurriendo por aquí y de la posibilidad de que se haya escapado un virus. Algo llamado el virus-M. Billy captó una chispa de interés en los ojos de Rebecca, pero ésta quería jugar sobre seguro. —Lo leeré cuando te vuelvas a poner las esposas —dijo. Billy negó con la cabeza. —No sé lo que está pasando, pero es peligroso. Alguien ha cerrado todas las salidas, ¿te has dado cuenta? ¿Por qué no cooperamos hasta que podamos salir de aquí? —¿Cooperar? —Alzó las cejas—. ¿Contigo? Billy se acercó y bajó las manos sin hacer caso del arma que le apuntaba a la cara. —Escucha, pequeña, por si no lo has notado, hay una ****** bien extraña en este tren. Yo, por mi parte, quiero salir de aquí, y solos no tendremos ninguna oportunidad de lograrlo. Rebecca no bajó el arma. —¿Esperas que confíe en ti? No necesito tu ayuda, puedo arreglármelas sola. Y no me llames pequeña. Billy estaba empezando a hartarse de ella, pero se contuvo. —Muy bien, señorita Hazlo tu misma —dijo—. ¿Cómo debo llamarte? —Me llamo Rebecca Peer —respondió—. Y para ti, agente Peer. —Bueno, Rebecca, ¿por qué no me explicas tu plan de acción? —preguntó Billy—. ¿Vas a arrestarme? Perfecto, hazlo. Llama a todo el ejército y diles que traigan la artillería pesada. Podemos esperarlos aquí. Por primera vez, ella pareció dudar. —La radio no funciona —repuso. ******. —¿Cómo vas a salir de aquí? —preguntó él—. ¿Por tierra o por aire? ¿Está muy lejos tu transporte? —Hemos venido en helicóptero, pero… se ha averiado —respondió Rebecca—. Aunque eso no es asunto tuyo. Ponte las esposas. Mi equipo está esperando fuera. Billy bajó las manos. —¿Están lejos? ¿Estás segura de que siguen por aquí? La chica frunció el entrecejo. —Esto no es un concurso de preguntas, teniente. Te voy a sacar de aquí. Date la vuelta y ponte de cara a la pared. —No. —Billy cruzó los brazos—. Dispara si tienes que hacerlo, pero de ninguna manera voy a entregar mi arma o a dejar que me pongas las esposas. Las mejillas de Rebecca enrojecieron. —Tú harás lo que lo te diga o si no… ¡Craaak! Ventanas rotas en el compartimento superior. Billy y Rebecca miraron hacia arriba y luego el uno al otro. Unos segundos después oyeron encima de sus cabezas lo que sonaba como pesadas pisadas, lentas y regulares… Luego nada. —El comedor —dijo Billy—. Y estaba vacío hace unos minutos. Rebecca lo observó durante un instante y luego bajó ligeramente el arma. Fue hasta el pie de las escaleras y miró hacia arriba con una expresión decidida en su joven rostro. —Espera aquí —le ordenó—. Iré a ver qué es. Billy casi sonrió. Él había estado en las Fuerzas Especiales durante siete años y había aprendido a disparar seguramente antes de acabar la escuela secundaria, ¿iba ella a protegerle a él? —Creía que no confiabas en mí. ¿Qué impedirá que salte por una de las ventanas y me escape? La chica sonrió, aunque con una sonrisa fría y leve. —Es peligroso, ¿recuerdas? Solo no tienes ninguna oportunidad. Antes de que se le ocurriera algo adecuadamente cortante, ella había comenzado a subir las escaleras, dispuesta al parecer a probarle que tenía la suficiente autoridad. Chica tonta, con todo lo que estaba pasando, intentar probar algo no tendría que ser su prioridad. Billy sabía que debía seguirla, impedir que se dejara matar, pero necesitaba un minuto para pensar. La contempló llegar a lo alto de la escalera y desaparecer al doblar la esquina sin mirar atrás. Como dice la canción, ¿debo quedarme o debo irme? Rebecca quería arrestarlo, pero eso también significaba que tendría que mantenerlo vivo. Y ella necesitaba su ayuda, sin duda; era demasiado inexperta para estar allí sola. ¿Y quién ha muerto y te ha nombrado su salvador personal? ¿Cuándo te vas a enterar? Ya no eres uno de los buenos, ¿te acuerdas? Salir corriendo seguía siendo una opción, pero ya no se sentía tan seguro de sus opciones. Por si necesitara más pruebas de que los bosques eran peligrosos, la libreta que había encontrado, el diario del hombre que lo había atacado, era más que suficiente para convencerlo. Lo sacó y pasó las páginas hasta llegar a las últimas anotaciones, las que le habían llamado la atención. 14 de julio Hoy hemos tenido noticias del laboratorio de Arklay… y nos enviarán la semana que viene para comprobar su estado. Algunos de los otros están preocupados por las condiciones, por lo que puede quedar, pero como dice el jefe, alguien tiene que echar el primer vistazo. Bien podemos ser nosotros… El que escribía continuaba hablando de su novia, que se enfadaría al saber que debía salir de la ciudad. Billy siguió adelante, buscando en las notas lo que había leído antes. 16 de julio … Hay tanto que aún no sabemos sobre las respuestas al virus-T… Dependiendo de la especie y del entorno, sólo una dosis mínima del T causa sorprendentes cambios de tamaño, un comportamiento agresivo y el desarrollo del cerebro… al menos en animales. Nada es inmune. Pero hasta que se puedan controlar mejor los efectos, la compañía está jugando con fuego. Billy pasó la página. 19 de julio Finalmente se acerca el día… Estoy más ansioso de lo que esperaba. Los periódicos y las emisoras de televisión de Winsburg han estado informando sobre extraños asesinatos en las afuera de la ciudad. No puede ser el virus. ¿O sí? Si lo es… No. No puedo pensar en eso ahora. Tengo que concentrarme en la investigación, asegurarme de que avance sin trabas. Cambios de tamaño, comportamiento agresivo, desarrollo del cerebro. ¿En un perro, por ejemplo? Y esa frase sobre «al menos en animales». ¿Qué haría ese virus- T a los humanos? Billy estaba seguro de que ya había visto los resultados. —Los convierte en zombis —murmuró. O en algo que era como los zombis. El que había matado de un tiro estaba sin duda buscando alguna cosa para almorzar. ¿Cómo llaman los caníbales a los humanos? Cerdos largos, eso era. Ese destrozo andante buscaba algún cerdo largo, sin duda. Bosques llenos de caníbales y monstruos. Probaría suerte con la chica. Hasta ese momento ella se las había arreglado bien, había matado por lo menos a tres pasajeros y conseguido no volverse loca. Si se quedaba con ella hasta que pudieran salir de allí, luego ya inventaría un modo de escapar antes de que el resto del equipo llegara, suponiendo que quedara algo de ese equipo. Una chica, la chica, gritó desde lo alto; un sonido de puro terror. Billy agarró el arma y se lanzó escaleras arriba; subió de dos en dos los escalones y esperó no haber tardado demasiado en tomar una decisión. En lo alto de la escalera había una pequeña curva y luego una puerta. Rebecca la abrió, lenta y cuidadosamente, empujando con el cañón de la pistola, y entró. Fue recibida por un humo fino y acre y por el tenue parpadeo de un fuego que hacía bailar las sombras en las paredes. Era el vagón comedor, como había dicho Billy, y había sido bonito, con las mesas cubiertas de manteles de lino y las ventanas con cortinas de color crema. Pero estaba destrozado. Por todas partes había platos y vasos rotos, mesas volcadas, manteles empapados de sangre y vino derramado. Y cerca del fondo, una figura solitaria se hallaba encorvada sobre una mesa. El extremo del mantel estaba ardiendo y las llamas ascendían lentamente. Rebecca vio una lámpara de aceite hecha pedazos junto a la mesa; ése debía de ser el origen del fuego, y aunque éste aún era pequeño, no lo sería por mucho rato. El hombre apoyado sobre la mesa estaba absolutamente inmóvil, y cuando Rebecca se acercó, vio que no era como los pasajeros de abajo. No parecía estar infectado por lo que, según Billy, era el virus-M. Se trataba de un hombre mayor, de aspecto distinguido, vestido con un traje marrón y con el cabello blanco engominado peinado hacia atrás. Tenía la cabeza apoyada sobre el pecho, como si se hubiese quedado dormido durante la cena. ¿Un ataque al corazón? ¿O se habría desmayado? No parecía probable que hubiera roto la ventana del piso superior y hubiera entrado por ahí, pero por lo que Rebecca veía, no había nadie más en el salón. Nadie más podía haber dado los pesados pasos que habían oído. Rebecca se aclaró la garganta mientras se acercaba a él. —Perdone —dijo, deteniéndose junto a la mesa. Notó que el hombre tenía el rostro y las manos mojadas y que brillaban ligeramente bajo la luz del fuego—. ¿Señor? No obtuvo respuesta. Pero el hombre respiraba. Rebecca podía ver cómo se le movía el pecho. Se inclinó sobre él y le puso la mano en el hombro. —¿Señor? El hombre comenzó a alzar la cabeza y a volver el rostro hacia ella. Se oyó un sonido enfermizo y húmedo, como de labios chupando algo viscoso, y la cabeza del hombre resbaló por el torso y cayó al suelo. El sonido húmedo se hizo más fuerte. El cuerpo decapitado comenzó a temblar, a bullir, como si estuviera lleno de algo vivo. Rebecca retrocedió tambaleante, y gritó con todas sus fuerzas cuando el cuerpo del hombre se desmoronó como bloques mal apilados y cayó al suelo en grandes pedazos. Cuando los trozos golpearon el suelo se desintegraron y la tela del traje cambió de color: se volvió negra y se convirtió en muchas cosas, cada una del tamaño de un puño. Babosas, son como babosas… Babosas con filas de minúsculos dientes. No babosas sino sanguijuelas, gordas, redondas y de algún modo capaces de imitar la figura de un hombre, incluso la ropa de un hombre. ¡No es posible, esto no puede estar pasando! Rebecca retrocedió más, enferma de terror, mientras las criaturas se juntaban de nuevo y se mezclaban unas con otras en una masa anormal e hinchada hasta formar una brillante torre de oscuridad. Se remodelaron, adquirieron forma y color, y de nuevo fueron el hombre mayor que Rebecca había visto sentado ante la mesa. Las miró horrorizada, sin poder creer lo que veía. Incluso sabiendo que estaba formado de cientos, tal vez miles, de desagradables criaturas, no podía ver los espacios entre ellas, no hubiera podido saber que no era un hombre excepto por lo que ya había visto con sus propios ojos. El tono del traje, la forma y el color del cuerpo… La única pista de que no era un hombre era el extraño brillo de su piel y de su traje. El falso hombre extendió el brazo hacia atrás, como si estuviera a punto de lanzar una pelota, y luego lo llevó de golpe hacia adelante. El brazo se alargó de forma imposible. Rebecca se hallaba al menos a cinco metros, pero la brillante mano húmeda dio un manotazo al aire a sólo unos centímetros de su rostro. Rebecca tropezó con sus propios pies en su prisa por salir de allí y cayó al suelo, mientras el brazo se recomponía de nuevo, volvía a ir hacia atrás y se preparaba para un nuevo ataque. ¡La pistola, estúpida! ¡Dispara! Alzó el arma y disparó. Los dos primeros tiros fallaron el blanco, pero el tercero y el cuarto desaparecieron entre el tambaleante cuerpo de la cosa. Pudo ver la falsa piel formar ondas cuando las balas la alcanzaron. El traje y el cuerpo que había debajo se movieron ligeramente, como si ella los viera a través de las ondas que produce el calor sobre el asfalto en un día de verano. La criatura ni se detuvo antes de lanzar de nuevo el brazo contra ella. Rebecca lo esquivó, pero la mano la alcanzó y le golpeó ligeramente la mejilla izquierda. La joven gritó de nuevo, más por la sensación de la mano que por la fuerza del golpe. Era una sensación fría, áspera y viscosa, como piel de tiburón mojada en una ciénaga fangosa. Y, antes de retirarse, esa mano la golpeó de nuevo y le hizo soltar la pistola. El arma resbaló por el suelo y se detuvo bajo una de las mesas. El hombre dio otro paso tambaleante. Ya estaba lo suficientemente cerca como para que su siguiente golpe no fuera fácil de esquivar, y Rebecca sólo tuvo tiempo de pensar que era mujer muerta. ¡Bam! ¡Bam! ¡bam! La criatura retrocedía torpemente. Alguien disparaba una y otra vez. El inesperado sonido la hizo encogerse mientras se ponía en pie con dificultad. Los primeros disparos desaparecieron dentro de la forma, como antes, pero los tiros siguieron. Encontraron el rostro maduro y brillante del monstruo y sus relucientes ojos. Un líquido oscuro brotó de repentinas aberturas en el grupo mientras las sanguijuelas saltaban en pedazos. En el sexto o séptimo tiro, el hombre cosa comenzó a deshacerse en sus componentes, y los pequeños animales negros se arrastraron hacia las ventanas rotas en cuanto tocaron el suelo. Rebecca miró hacia la puerta y vio a Billy Coen de pie, en la clásica posición de tirador, el arma agarrada con ambas manos y la mirada fija en la monstruosidad que tenía ante sí mientras ésta completaba su silencioso desmoronamiento y volvía a ser muchas criaturas. Las sanguijuelas seguían dirigiéndose hacia las ventanas, dejando marcas de mucosidad sobre el suelo cubierto de restos y sobre las paredes manchadas. Se deslizaron sin esfuerzo sobre los bordes puntiagudos de los vidrios y desaparecieron en la tormenta nocturna. Al parecer, habían finalizado su ataque. Un canto agudo y extraño atravesó el sonido de la lluvia. Aún bajo los efectos de la impresión, Rebecca se acercó a la ventana, evitando con cuidado las sanguijuelas que aún salían del vagón, y recuperó su arma antes de mirar hacia fuera en busca del origen del canto. Billy se unió a ella sin intentar esquivar las extrañas criaturas, y varias reventaron bajo el tacón de sus botas. Lo vieron gracias a la luz de un relámpago. De pie en una colina de poca altura hacia el oeste del tren. Una figura solitaria —un hombre a juzgar por su altura y por la anchura de los hombros— alzó los brazos en un gesto de bienvenida mientras cantaba con una voz de soprano sorprendentemente dulce, una voz joven, sonora y potente. Cantaba en latín, como si fuera algo de iglesia. Y por si no fuera suficientemente estrambótico, parecía estar en medio de un lago poco profundo, porque el suelo parecía formar ondas a su alrededor. Estaba demasiado oscuro para verlo bien. Sólo una negra sombra y una silueta marcaban la presencia del solitario cantante. —Oh, Dios —exclamó Billy—. Mira eso. Rebecca sintió que se le erizaban los pelos de la nuca y su boca se curvaba en una mueca de asco. No había ningún lago. El suelo estaba cubierto de sanguijuelas, miles de sanguijuelas que avanzaban hacia el joven cantante. La chica pudo ver como el borde de su abrigo largo o de su túnica ondeaba cuando las criaturas se metían y desaparecían bajo él. —¿Quién es ese tipo? —pregunto Billy, y Rebecca movió la cabeza, negando. Quizá fuera como el hombre de antes, hecho de pequeñas criaturas. El tren se sacudió inesperadamente. Un sonido ascendente y mecánico invadió el vagón, y el suelo vibró bajo sus pies. De repente, el tren comenzó a moverse, primero lentamente, pero ganando velocidad rápidamente. Rebecca miró a Billy y vio en su rostro la misma confusión que en el de ella. Por primera vez sintió algo aparte de un furioso desprecio por el criminal. Estaba atrapado en esa… pesadilla igual que lo estaba ella. Y acaba de salvarme la vida… —¿Aún te las arreglas sola? —preguntó él con una sonrisa irónica, y Rebecca sintió que se deshacía el ligero vínculo que los unía. Pero antes de que pudiera contestar, Billy pareció darse cuenta de que su intento de sarcasmo no era lo que la situación requería—. Creo que a ambos nos iría bien un poco de ayuda — prosiguió—. ¿Qué te parece? Sólo hasta que salgamos de ésta, ¿de acuerdo? Rebecca pensó en las víctimas del virus que había visto y en las que había matado, y sobre lo que Edward le había dicho: que el bosque estaba lleno de zombis y monstruos. Pensó en el hombre hecho de sanguijuelas y en su extraño amo cantante que habían visto bajo la lluvia. Y finalmente pensó en que alguien, o algo, había puesto en marcha el tren. Incluso si Enrico y el resto del equipo seguían aún vivos, se estaba alejando de ellos por minutos. —Vale, de acuerdo —respondió, y aunque la pose arrogante y huraña de Billy no cambió, Rebecca se dio cuenta de que el hombre se sentía aliviado. Y supo que ella también. Saludos
  14. Hola amigos aqui les mando el capitulo 2 CAPÍTULO 2 Billy estaba sentado en el suelo entre dos filas de asientos e intentaba abrir las esposas con un clip que había encontrado tirado. Una de las esposas, la derecha, estaba suelta. Se había roto cuando el jeep había volcado, pero a no ser que quisiera pasearse con un brazalete ruidoso e incriminatorio, tenía que librarse de la otra. Librarme de ella y salir de aquí a toda prisa, pensó, hurgando el cierre con la delgada pieza de metal. No alzaba la vista; no necesitaba recordar dónde se hallaba, no hacía ninguna falta. El aire estaba cargado de olor a sangre, que se encontraba por todas partes, y aunque en el vagón de tren en el que había entrado no había cuerpos, no tenía ninguna duda de que los otros vagones estaban llenos. Los perros, han tenido que ser esos perros…, aunque, ¿quién los habrá azuzado? El mismo tipo que habían visto en el bosque. Tenía que ser él. El tipo que se había plantado delante del jeep y hecho que se estrellaran después de perder el control. Billy había salido bien parado, y excepto por unos cuantos morados, estaba ileso. Pero los policías militares que lo escoltaban, Dickson y Eider, habían quedado atrapados bajo el vehículo volcado, aunque seguían vivos. Al hombre que los había hecho parar, fuera quien fuera, no se lo veía por ninguna parte. Habían sido un par de minutos temibles, de pie en la creciente oscuridad, mientras el olor cálido y aceitoso de la gasolina le daba en la cara e intentaba tomar una decisión: ¿salir corriendo o pedir ayuda por la radio? No quería morir, no merecía morir, a no ser que ser confiado y estúpido fuera una ofensa que mereciera la muerte. Pero tampoco podía dejar a esos hombres atrapados bajo una tonelada de metal retorcido, herida y semiinconsciente. La elección que habían hecho, tomar un camino de tierra que atravesaba los bosques hasta la base, significaba que podía pasar mucho tiempo antes de que alguien los encontrara. Sí, era cierto que lo llevaban ante el pelotón de ejecución, pero sólo estaban cumpliendo órdenes, no era nada personal, y ellos merecían morir tan poco como él. Había decidido optar por una solución intermedia: pediría ayuda por la radio y luego saldría corriendo a toda pastilla… Pero entonces llegaron los perros. Tres cosas grandes, húmedas y horrorosas, y no había tenido más opción que correr para salvarse, porque notó algo muy, muy raro en esos bichos; lo notó incluso antes de que atacaran a Dickson, antes de que le destrozaran el cuello con los dientes mientras lo arrastraban hasta sacarlo de debajo del jeep. Billy pensó que había oído un clic e intentó abrir la esposa, pero dejó escapar un bufido entre dientes al ver que el cierre de metal se negaba a abrirse. Maldito trasto. Había encontrado el clip por casualidad, aunque había cosas tiradas por todos lados, papeles, bolsas, abrigos, objetos personales, y casi todas estaban manchadas de sangre. Quizá encontraría algo más útil que el clip si buscaba con más calma, pero eso significaría quedarse en el tren, lo cual no tenía ninguna pinta de ser una buena idea. Por lo que sabía, incluso podía ser ahí donde vivían esos perros, quizá se escondieran allí con el estúpido chalado que se lanzaba ante coches en movimiento. Sólo había subido al tren para esquivar a los perros, para tranquilizarse y pensar cuál sería su próximo movimiento. Y resulta que este tren es el Expreso del Matadero —pensó mientras meneaba la cabeza—. Esto sí que es salir del fuego para caer en las brasas. Cualquiera que fuera la ****** que pasaba en esos bosques, él no quería formar parte. Se sacaría las esposas, buscaría algún tipo de arma, quizá cogiera una cartera o dos entre todo ese equipaje manchado de sangre —estaba seguro que a los dueños ya no les importaría— y regresaría a la civilización. Y luego a Canadá, o quizá a México. Nunca antes había robado, tampoco nunca había pensado en abandonar el país, pero llegado a ese punto tenía que pensar como un criminal, sobre todo si tenía intención de sobrevivir. Oyó truenos, luego el suave golpeteo de la lluvia sobre algunas de las ventanas rotas. Los golpecitos se convirtieron en un repiqueteo estruendoso. El aire con olor a sangre se hizo menos espeso cuando una ráfaga de viento entró por uno de los vidrios destrozados. Magnífico. Al parecer tendría que hacer una excursión en medio de una tormenta. —Lo que sea —murmuró, y tiró el inútil clip contra el asiento que estaba ante él. La situación ya se había fastidiado todo lo posible, así que dudaba que pudiera empeorar. Billy se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. La puerta exterior del vagón se estaba abriendo. Pudo oír el roce del metal; la lluvia sonó más fuerte durante un instante, y luego igual que antes. Alguien había subido. ¡******! ¿Y si era el loco con los perros? ¿Y si alguien ha encontrado el jeep? Sintió un pesado nudo en el estómago. Podría ser. Tal vez alguien de la base había decidido coger la carretera secundaria esa noche; quizá ya hubieran avisado, al ver el accidente y enterarse de que debía haber un tercer ocupante, un hombre camino de su ejecución. Incluso podría ser que ya lo estuvieran buscando. No se movió; se quedó escuchando atentamente los movimientos de quien fuera que había entrado desde la lluvia. Durante unos segundos no oyó nada, luego un paso silencioso, luego otro y otro más. Se alejaban de él, dirigiéndose hacia la parte delantera del vagón. Billy se inclinó hacia adelante mientras se guardaba cuidadosamente bajo el jersey las chapas de identificación para que no tintinearan, y se movió con sigilo hasta asomar la cabeza por el canto del asiento junto al pasillo. Alguien estaba atravesando la puerta que conectaba un vagón con otro; alguien delgado, bajo, una chica, o quizá un chico muy joven, cubierto con un chaleco antibalas de Kevlar y ropa militar de color verde. Billy consiguió distinguir unas letras en la espalda del chaleco, una M, una A, una G,una N…, y entonces él o ella desapareció de su vista. MAGNIFICOS. ¿Habrían enviado un equipo en su búsqueda? No podía ser, no tan deprisa. El jeep había volcado hacía cosa de una hora, como mucho, y los MAGNIFICOS no tenían relación directa con el ejército, eran una rama del Departamento de Policía, nadie los habría hecho intervenir. Probablemente su presencia estaría relacionada con los perros que había visto antes, evidentemente alguna manada salvaje mutante. Normalmente, los MAGNIFICOS se ocupaban de la ****** local que los polis no podían o no querían tocar. O quizá hubieran acudido a investigar qué le había pasado al tren. No importa el porqué, ¿o sí? Tendrán armas, y si averiguan quién eres, este rato de libertad será el último. Lárgate de aquí, ahora mismo. ¿Con perros mutantes corriendo por los bosques? No saldría sin una arma, de ninguna manera. Tenía que haber alguien de seguridad en el tren, un tipo de uniforme con una pistola, lo único que tenía que hacer era buscarlo. Iba a ser arriesgado, con los MAGNIFICOS ahí dentro, pero, bien mirado, sólo había uno. Si tuviera que… Billy negó con la cabeza. Ya había visto muerte más que suficiente en las Fuerzas Especiales. Si no podía evitarlo, allí y en ese momento, lucharía o escaparía, pero no volvería a matar nunca más. Al menos no a uno de los buenos. Billy se puso en pie, inclinado hacia adelante, con las esposas colgándole de la muñeca. Primero miraría qué había en ese vagón, luego se iría alejando del MAGNIFICOS intruso, y vería qué podía encontrar. No tenía sentido enfrentarse con él si podía evitarlo. Simplemente… ¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! Tres disparos, procedentes del vagón de delante. Una pausa, luego tres, cuatro más, y después silencio. Al parecer no todos los vagones estaban vacíos. Sintió que el nudo en el estómago se le estrechaba aún más, pero no permitió que eso lo detuviera. Cogió el primer portafolios que encontró y empezó a revolver su contenido. En el primer vagón no había vida, pero algo muy malo había ocurrido allí, de eso no cabía duda. ¿Un choque? No, la estructura no está dañada… ¡y hay mucha sangre! Rebecca cerró la puerta a su espalda, aislándose de la espesa cortina de agua, y contempló el caos que la rodeaba. El vagón había sido elegante, con paneles de madera oscura y moqueta cara, lámparas antiguas y papel pintado con relieves aterciopelados. En ese momento había periódicos, portafolios, abrigos y bolsos, abiertos y tirados por todas partes. El panorama parecía el de un choque, y las gotas y las manchas de sangre que cubrían en grandes cantidades las paredes y los asientos parecían confirmar esa teoría. Avanzó por el interior del vagón, apuntando con la pistola a un lado y otro del pasillo. Había unas cuantas lucecitas encendidas, lo suficiente para ver algo, pero las sombras eran espesas. Nada se movía. El respaldo de la silla que tenía a la izquierda estaba manchado de sangre. Alargó la mano y tocó una de las manchas. Rápidamente se la limpió en los pantalones con una mueca de asco. Era fresca. Luces encendidas, sangre fresca. Sea lo que sea lo que ha pasado, ha ocurrido hace poco. ¿El teniente Billy quizá? Estaba acusado de asesinato… Pero a no ser que tuviera toda una banda con él, no parecía probable; la destrucción era demasiado amplia, demasiado exagerada, más parecida a un desastre natural que a una situación con rehenes. O como los asesinatos del bosque. Asintió mentalmente, respirando hondo. Los asesinos debían de haber actuado de nuevo. Los cuerpos que se habían recuperado estaban desgarrados y mutilados, y las escenas del crimen seguramente tenían el mismo aspecto que ese vagón de tren, con sangre por todas partes. Debía salir, hablar por radio con el capitán y llamar al resto del equipo. Comenzó a volverse hacia la puerta, y dudó. Primero podría comprobar que el tren es seguro. Ridículo. Permanecer ahí sola sería una locura estúpida y peligrosa. Nadie esperaría que revisara la escena de un crimen ella sola, eso suponiendo que alguien hubiera sido asesinado. Por lo que sabía, también podría haber habido un tiroteo o algo así y el tren podría haber sido evacuado. No, eso sí que es estúpido. Habría polis por todas partes, equipos médicos de urgencias, helicópteros, periodistas… Pasara lo que pasara, soy la primera persona que ha entrado aquí… y asegurar la escena es la máxima prioridad. No pudo evitar preguntarse qué dirían los muchachos cuando vieran que se las había arreglado sola. Tendrían que dejar de llamarla «nena». Como mínimo superaría su categoría de novata mucho más de prisa. Podía echar un vistazo rápido, por encima, y si algo parecía aunque fuera mínimamente peligroso, llamaría al equipo inmediatamente. Asintió mentalmente. De acuerdo. No tendría problemas por echar un vistazo. Respiró hondo y comenzó por la parte delantera del vagón, pisando con cuidado entre el desparramado equipaje. Cuando alcanzó la puerta de conexión, se armó de valor, la atravesó rápidamente y abrió la segunda puerta sin darse tiempo para repensárselo. ¡Oh, no! El primer vagón ya había sido duro, pero allí había gente. Cinco personas, que pudiera ver desde donde se hallaba, y todos claramente muertos, con los rostros destrozados por las garras de algo desconocido y los cuerpos empapados de una oscura humedad. Unos cuantos estaban desplomados sobre los asientos, como si los hubieran asesinado brutalmente en el sitio que ocupaban. El olor a muerte se podía tocar, como el del cobre y las heces, como la fruta podrida en un día caluroso. La puerta se cerró automáticamente a su espalda y Rebecca pegó un brinco, con el corazón latiéndole con fuerza y vagamente consciente de que todo eso era demasiado para ella. Tenía que pedir ayuda, pero entonces oyó los susurros y se dio cuenta de que no estaba sola. Apuntó con la pistola hacia el pasillo vacío, sin estar segura de dónde procedía el sonido y con el corazón funcionándole al doble de velocidad. —¡Identifíquese! —dijo, con una voz más firme y autoritaria de lo que se esperaba. El susurro continuó, estrangulado y distante, extrañamente apagado en medio del silencioso vagón. Supuso que así sonaría un asesino loco, murmurando para sí mismo después de disfrutar de una masacre. Estaba a punto de repetir la orden cuando, sobre el suelo, hacia la mitad del pasillo, vio el origen del susurro. Era una radio minúscula, al parecer sintonizada en una emisora AM de noticias. Fue hacia ella, aturdida por el alivio. Después de todo, sí que estaba sola. Se detuvo ante la radio y bajó su semiautomática. Había un cadáver en el asiento de la ventana, a su izquierda, y después de una rápida ojeada inicial evitó volver a mirarlo. Le habían desgarrado el cuello y tenía los ojos en blanco. Su rostro grisáceo y las destrozadas ropas brillaban empapadas de fluidos de aspecto viscoso, lo que lo hacía parecer un zombi de una película de terror de serie B. Rebecca se inclinó y recogió la radio, sonriendo para sí a pesar del miedo que aún la recorría. Su «asesino loco» era una mujer leyendo las noticias. La recepción era muy mala, y se oía el chirrido de la estática cada dos o tres frases. De acuerdo, era una idiota. En cualquier caso, ya era hora de llamar a Enrico. Rebecca se volvió, pensando que tendría mejor recepción si salía fuera del tren, y el movimiento que notó en el asiento de la ventana fue tan lento y sutil que por un momento creyó que lo que había visto era la lluvia. Pero entonces el origen del movimiento gimió, con un leve sonido de angustia, y Rebecca comprendió que no era la lluvia en absoluto. El cadáver se había levantado del asiento y se acercaba a ella. La deformada cabeza estaba echada hacia atrás y hacia un lado, y dejaba a la vista la desgarrada piel del cuello. El gemido se hizo más profundo, más anhelante, mientras el hombre alargaba los brazos ante sí y del machacado rostro chorreaba sangre y algo viscoso. Rebecca dejó caer la radio y dio un tambaleante paso hacia atrás, horrorizada. Se había equivocado; ese hombre no estaba muerto, pero resultaba evidente que estaba loco de dolor. Tenía que ayudarlo. No hay mucha cosa en el botiquín, pero tengo morfina. Debería ayudarlo a tumbarse. Oh, Dios, ¿qué demonios ha pasado aquí? El hombre se aproximó arrastrando los pies, intentando alcanzarla, con los ojos en blanco y babas negras cayéndole de la boca destrozada. Y a pesar de saber que su deber era ayudarlo, aliviar su sufrimiento, Rebecca, inconscientemente, dio otro paso atrás. Una cosa era el deber, pero su instinto le decía que echara a correr, que saliera de allí, que ese hombre pretendía hacerle daño. Se volvió, sin estar segura de qué hacer, y vio a dos personas más de pie en el pasillo a su espalda, ambos con un rostro tan inexpresivo y destrozado como el hombre de los ojos en blanco y ambos avanzando hacia ella con los movimientos rígidos y tambaleantes de los monstruos de las películas de terror. El hombre que tenía delante llevaba uniforme, era algún tipo de empleado del tren, con el rostro demacrado, huesudo y gris. Tras él había un hombre con la cara medio arrancada; se le veían demasiados dientes en el lado derecho. Rebecca sacudió la cabeza mientras alzaba el arma. Algún tipo de enfermedad, un vertido químico o algo así. Estaban enfermos, tenían que estar enfermos. Pero mientras los tres hombres se le acercaban, con los huesudos dedos en alto y gimiendo con avidez, supo que eso no era cierto. Además, quizá estuvieran enfermos, pero también estaban a punto de atacarla. Estaba tan segura de eso como de su propio nombre. ¡Dispara! ¡No dudes más! —¡Deténganse! —gritó, mientras se volvía hacia el hombre de los ojos en blanco, que era el que estaba más cerca, demasiado cerca. Si éste era consciente de que lo estaba apuntando con una arma, no lo demostró—. ¡Voy a disparar! —¡Aaaahh! —carraspeó gravemente el monstruo, e intentó agarrarla, descubriendo unos dientes negros. Rebecca disparó. Tres disparos. Las balas penetraron en la carne descolorida. Dos en el pecho. La tercera le hizo un agujero encima del ojo derecho. La criatura lanzó un chillido hueco, un sonido de frustración más que de dolor, y cayó al suelo. Rebecca se volvió y rogó que con los disparos los otros dos hombres se hubieran detenido, pero vio que los tenía casi encima, con los ojos vidriosos y gimiendo impacientes. El primer disparo dio en el cuello al hombre uniformado, y mientras éste se tambaleaba hacia atrás, Rebecca apuntó al segundo hombre a la pierna. Quizá pueda simplemente herirlo, hacer que caiga… El hombre del uniforme comenzó a avanzar de nuevo mientras del cuello le manaba la sangre a borbotones. —¡Dios! —exclamó Rebecca, con una voz que casi no le salía del cuerpo. Pero los hombres seguían avanzando, no tenía tiempo de hacerse preguntas ni de pensar. Alzó el arma y disparó tres veces más, todos los tiros directos a la cabeza. Sangre y trozos de carne saltaron por los aires. Los dos hombres cayeron al suelo. De repente, silencio, quietud. Rebecca recorrió el vagón con los ojos muy abiertos por la impresión y el cuerpo vibrante por la adrenalina. Había dos o tres «cadáveres» más, pero ninguno se movió. ¿Qué acaba de pasar? Creí que estaban muertos. Y estaban muertos. Eran zombis. No, los zombis no existían. Mientras intentaba entender algo, Rebecca comprobó su arma automáticamente para ver si tenía una bala en la recámara. No eran zombis, no como los de las películas. Si de verdad hubieran estado muertos los disparos no los habrían hecho sangrar de esa manera; si el corazón no late no puede bombear la sangre. Pero sólo han caído después de que les disparara a la cabeza. Cierto, pero eso podía significar que era algún tipo de enfermedad, quizá algo que bloqueara los receptores del dolor. Los asesinatos del bosque. Rebecca sintió que los ojos se le abrían más aún mientras completaba el rompecabezas. Si hubiera habido algún vertido químico o enfermedad, podría haber afectado a un gran número de personas en el bosque, impulsándolos a atacar a otros. Recientemente se habían recibido informes sobre perros salvajes. ¿Era posible que afectara a especies diferentes? Algunas de las víctimas habían sido parcialmente devoradas, y al menos dos de los cuerpos presentaban mordiscos de fauces tanto humanas como animales. Oyó un ligero movimiento y se quedó sin respiración. Junto a la puerta por la que había entrado, un cadáver sentado parecía haberse escurrido un poco del asiento. Lo observó durante lo que le pareció una eternidad, pero el cuerpo no volvió a moverse y lo único que se oía era el ruido de la lluvia en el exterior. ¿Un cadáver o una víctima de alguna circunstancia trágica? Rebecca no tenía ningunas ganas de descubrirlo. Retrocedió, esquivando al hombre de los ojos en blanco, que finalmente estaba muerto del todo, y decidió ir hacia la puerta de la parte delantera del vagón. Tenía que salir del tren y explicarles a los otros lo que había encontrado. La cabeza le daba vueltas mientras intentaba decidir qué habría que hacer después: se tendría que alertar a la comunidad y declarar una cuarentena inmediatamente. El gobierno federal también tendría que meterse en el asunto, así como el Centro de Control de Enfermedades, o el Instituto Médico de Enfermedades Infecciosas del ejército, o quizá la Agencia de Protección Medioambiental, que tenía el suficiente poder para cerrarlo todo e investigar qué había sucedido. Sería una enorme labor, pero ella podría contribuir, marcar la… El cadáver del fondo del vagón se movió de nuevo. Bajó la cabeza hasta apoyarla sobre el pecho, y cualquier idea de salvar Winsburg voló de la asustada mente de Rebecca. Se volvió y corrió hasta la puerta intermedia, enferma de terror. Lo único que quería era salir de allí. No tardó mucho en encontrar una arma, y, por suerte, Billy conocía perfectamente la pistola de reglamento de la policía militar. La había hallado en un petate metido bajo un asiento. También había un cargador de recambio, media caja de balas de 9x19 mm parabellum y un mechero con tapa, otro aparato muy conveniente para tener a mano; nunca se sabía cuándo sería necesario encender un fuego. Cargó el arma, se metió el otro cargador en el cinturón y las balas en los bolsillos delanteros, mientras pensaba que ojalá fuera vestido con su uniforme de campaña en vez de con ropas civiles. Los tejanos no eran lo mejor para cargar con toda esa ******. Comenzó a buscar una chaqueta, pero cambió de idea; incluso con la lluvia, hacía una noche cálida, y arrastrarse por ahí con unos tejanos empapados ya iba a ser suficientemente malo. Tendría que conformarse con los bolsillos que tenía. Se quedó ante la puerta que lo llevaría de vuelta a los bosques con el arma en la mano, mientras se repetía que tenía que marcharse pero sin decidirse a hacerlo. No había oído nada más del MAGNIFICOS desde los siete disparos. Sólo habían pasado unos minutos. Si el chico tenía algún problema todavía no era demasiado tarde para ir hacia allí y… ¿Estás loco? —le gritó su cerebro—. ¡Lárgate! ¡Corre, idiota! Claro, naturalmente. Tenía que marcharse. Pero no podía sacarse de la cabeza el eco de esos disparos, y había pasado demasiado tiempo siendo uno de los buenos como para darle la espalda a otro si necesitaba ayuda. Además, si el chico estaba muerto, eso le aportaría una arma extra. —Sí, eso es —murmuró, completamente consciente de que estaba buscando una razón de peso para justificar su decisión. No podía evitarlo, tenía que ir a echar un vistazo. Gruñendo mentalmente, Billy se apartó de la puerta, de la libertad, y avanzó hacia la parte delantera del vagón. Atravesó la primera puerta y se detuvo un instante en la plataforma intermedia antes de agarrar el picaporte de la segunda para entrar en el siguiente vagón. El único sonido era el de la lluvia, que se estaba convirtiendo en una verdadera tormenta. Tan sigilosamente como pudo, abrió la segunda puerta y la atravesó. El inconfundible olor fue lo primero que notó. Apretó los dientes mientras recorría el vagón con la mirada y contaba las cabezas. Tres en el pasillo. Dos más adelante a la derecha y uno a su izquierda, tirado sobre el asiento. Todos muertos. El hombre de la carretera… Billy frunció el entrecejo al darse cuenta de que cualquiera de los cadáveres que había a su alrededor podría haber pasado por el estúpido que había causado el accidente al cruzarse con el jeep. Sólo había podido echarle una mirada, pero recordaba haber pensado que le había parecido enfermo. Quizá fuera uno de ésos, pero no, éstos llevaban días muertos. Entonces, ¿contra qué disparaba el chico? Billy se acercó al cadáver más próximo, se agachó junto a él y contempló las heridas con ojo experto mientras respiraba agitadamente por la boca. El tipo llevaba muerto un buen rato; le faltaba parte de la mejilla izquierda, por lo que parecía como si le estuviera dedicando una amplia sonrisa, y los negros bordes del tejido muerto mostraban ya la descomposición. Pero tenía dos agujeros de bala en la frente, y un charco de sangre fresca le rodeaba la cabeza y la parte superior del cuerpo como una sombra roja. Billy tocó el charco, y su ceño se acentuó. Estaba caliente. El cuerpo más cercano a éste, el empleado del tren, mostraba un aspecto bastante similar, sólo que una de las heridas la tenía en el cuello. Billy no era ningún Einstein, pero no carecía totalmente de lógica. La sangre fresca únicamente podía significar que esta gente sólo parecían muertos. Y que estuvieran llenos de agujeros recientes sugería que habían intentado atacar al solitario miembro de los MAGNIFICOS. Lo que significa que más vale que lleve todo el cuidado del mundo, pensó mientras se ponía en pie. Volvió a mirar el cuerpo que se hallaba en el asiento, ahora a su espalda, y entornó los ojos. ¿Se había movido o era sólo un efecto de la luz? Fuera lo que fuera, más le valía marcharse a toda prisa. Se apresuró por el pasillo, esquivando los cadáveres mientras intentaba vigilarlos a la vez y maldecía la necesidad que lo había impulsado a buscar al chico de los MAGNIFICOS. Si no tuviera una maldita conciencia, ya haría rato que se habría largado. Atravesó las dos puertas y entró en el siguiente vagón con el arma preparada. No era un vagón de pasajeros y no estaba decorado. Desde la entrada sólo podía ver un corto pasillo que torcía más adelante, dos puertas cerradas a la derecha y unas cuantas ventanas en el lado opuesto. Pensó en comprobar las cabinas, seguro de que sería lo más inteligente, ya que darle la espalda a una zona que no era segura representaba un riesgo, pero estaba empezando a ocurrírsele que su conciencia se podía ir a la porra. No quería asegurar todo el tren, lo único que quería era ver que el chico estaba bien y luego salir de allí. Y si el chico no aparece en un par de minutos, salto del tren de todas maneras. Esto es una ******. «******» no era la palabra adecuada, ni siquiera empezaba a describir el terror que le retorcía el estómago, pero había visto incluso a los más fuertes paralizados por el miedo y no quería pensar demasiado en monstruos y oscuridad. Mejor tomárselo a la ligera, como si fuera una pesadilla de la que se reiría mañana, y seguir adelante. Avanzó lentamente por el pasillo, en silencio, apoyando la espalda contra la pared. El corredor torcía a la derecha y continuaba, pasando ante otra puerta bloqueada por unas cajas caídas. Un almacén, probablemente. Al menos no había cuerpos, pero el olor a podrido flotaba en el aire. Las pocas ventanas ante las que pasó que no estaban rotas reflejaron una pálida sombra de sí mismo sobre un fondo exterior de oscuridad y lluvia. Se fijó inquieto en que gran parte de los vidrios de las ventanas rotas estaban en el interior del vagón, esparcidos sobre el suelo de madera oscura. Lo que significaba que alguien había intentado entrar, no salir. Espeluznante. Parecía que más adelante el pasillo volvía a torcer, esta vez hacia la izquierda, justo después de otra puerta cerrada que tenía una placa en la que ponía DESPACHO DEL REVISOR. Tenía que estar cerca de la parte delantera. De repente, vio otra pálida sombra reflejada en una ventana, justo después de la esquina. Se detuvo, permaneció inmóvil contemplando a la figura que se agachaba dando la espalda al pasillo sin pensar en las amenazas que podía haber detrás. Si era un STARS, ella o él necesitaba más entrenamiento. Billy avanzó un par de pasos, alzó su arma y se colocó detrás de la figura agachada. Sabía que debía evitar un enfrentamiento —obviamente el chaval estaba en perfectas condiciones y él tenía otros lugares adonde ir—, pero también quería saber qué estaba pasando, y ésa podía ser su única oportunidad de conseguir información. El miembro de los MAGNIFICOS se volvió, vio a Billy y se alzó muy lentamente, sin dejar de mirarle a la cara. No se había equivocado mucho con lo de «chaval», pensó Billy, mientras contemplaba los grandes e inocentes ojos de una chica muy joven. ¿Estarían contratando a gente del instituto últimamente? Era baja, puede que quince centímetros menos que él, y bonita; cabello castaño rojizo, delgada, musculosa, con rasgos delicados y regulares. Si pesaba más de cuarenta kilos, sería una sorpresa. La chica había estado inclinada sobre un hombre muerto, cuyo cadáver mutilado yacía medio tumbado contra la esquina, junto a la puerta de salida del vagón, y si se había sorprendido al ver a Billy, lo disimuló muy bien. —Billy —dijo la chica con voz clara y melódica. Sus palabras le hicieron apretar los dientes—. Teniente Coen. ******. Al parecer alguien había encontrado el jeep. Billy mantuvo el arma en alto, apuntando directamente al ojo derecho de la chica, haciéndose el duro. —Así que me conoces. Has estado teniendo fantasías conmigo, ¿es eso? —Eres el prisionero que trasladaban para ejecutar —respondió ella, y su voz adquirió un tono duro—. Estabas con los soldados de ahí fuera. Cree que lo he hecho yo, que yo los he matado, pensó Billy. Estaba escrito en su cara de duendecillo. Billy se dio cuenta de que si no había relacionado los muertos andantes con lo que le había pasado al jeep, probablemente ella tampoco tenía ni la más remota idea de lo que estaba sucediendo. Y no veía ninguna razón para sacarla de su error. Estaba intentando hacerse la dura, pero Billy notó que la intimidaba. Podría usar eso para salir de allí. —Uuh, ya veo —dijo—. Estás con los MAGNIFICOS. Bueno, sin ánimo de ofender, pero los tuyos no parecen quererme mucho. Así que nuestra pequeña charla se tiene que acabar. Bajó el arma, se volvió y se alejó, andando tranquilamente y sin prisas, como si no estuviera interesado en absoluto por la presencia de la chica. Contaba con que su clara falta de experiencia y el temor que él le inspiraba le impidieran actuar. Era un riesgo calculado, pero pensó que valdría la pena. Se metió el arma bajo el cinturón, y ya estaba a mitad del pasillo cuando oyó cómo corría para alcanzarlo. ******, ******. —¡Espera! ¡Estás arrestado! —dijo ella con voz firme. Billy se volvió y vio que la chica ni siquiera había desenfundado su arma. Se esforzaba por parecer feroz, pero no lo acababa de conseguir. Si la situación hubiera sido menos peligrosa, menos extraña, Billy habría sonreído. —No, gracias, muñeca. Ya he llevado las esposas —repuso, alzando la mano izquierda y haciendo tintinear las esposas. Se volvió y siguió avanzando. —¡Podría dispararte, lo sabes! —gritó ella a su espalda, pero ahora había desesperación en su voz. Billy continuó avanzando. Ella no le siguió, y al cabo de unos segundos Billy estaba atravesando la primera puerta de conexión. Con una leve sonrisa, aliviado, abrió la puerta del vagón donde se hallaban los pasajeros muertos. Era mejor así, que cada uno se las arreglara por su cuenta y todo eso… Y se encontró con que el hombre muerto que había estado medio tirado sobre el asiento del fondo se hallaba de pie, tambaleante, con el ojo que le quedaba clavado en Billy. Con un gemido hambriento, la criatura trastabilló hacia adelante y extendió sus destrozados dedos como si tuviera que tantear su camino hasta Billy. Saludos
  15. Felicitaciones, es uno de los mejores juegos de la historia Que lo hayas disfrutados, al terminarlo saludos
  16. Estan muy buenas las fotos Gracias por compartirlas Saludos
  17. Muy buenos los videos te felicito Saludos
  18. CAPITULO V : EN BUSCA DEL PODER SUPREMO. EL TEMPLO DE ZEUS, LA CIMA DEL OLIMPO. Está a punto de comenzar una discusión que decidirá el destino del universo. Eduardo de Zeus se encuentra reunido con Laertes de Hermes, el mensajero de los Dioses le comunica al señor del Olimpo que Poseidón y Apolo quieren verlo. En eso llega Ares, el Dios de la Guerra; Zeus le pide consejo. Ares sólo asiente con la cabeza, Zeus comprende. -“Házlos pasar mi fiel Hermes”. Exclama el señor de los Dioses. EN UNA ISLA PERDIDA DEL MAR EGEO. Seiya y los otros han empezado ha adentrarse en las cavernas de Sangüita. Al poco tiempo de andar se dan cuenta que el camino se divide en cuatro senderos, por lo que deciden separarse para seguir cada uno su camino y prometen encontrarse en la salida para juntos derrotar a Zeus. Afuera Shion se pregunta si lo lograrán. El sabe que ya puede perder más el tiempo ahí y decide ir por Dohko para ayudar a los santos dorados en el Olimpo. EL OLIMPO. Saga, Milo, Aioria, Mu y Afrodita han llegado a la primera ciudadela del Olimpo, donde se halla el templo de la Armonía y Paz Universal. Sin embargo justo cuando van a entrar aparece otro olimpiano más. -“Ustedes no entrarán a este templo que representa la armonía y la paz del universo. Yo Gad de Odiseo, guardia pretoriano de este recinto sagrado, los destruiré”. Exclama el olimpiano. Milo de Escorpión dice que ha llegado la hora de que le toque combatir por lo que ha decidido quedarse a pelear contra Gad de Odiseo. Los demás santos están de acuerdo y se despiden de él. Pero Gad no está dispuesto a dejarlos ir, así que se pone en su camino. Milo lo detiene con la “Restricción”, al momento que les dice a Mu y a los demás que se vayan. MIENTRAS TANTO EN EL TEMPLO DE ZEUS. Poseidón y Apolo tratan de convencer al señor de los dioses de que aún no es tiempo de que se castigue a la humanidad. -“Bien, los escucho”. Habla Zeus. -“Escucha mi señor, esto que estás haciendo no debe ser ya que aún no es tiempo para juzgar a los humanos ni tampoco para que establezcas tu utopía”. Zeus les dice que si eso era todo lo que tenían que hablar entonces les sugeriría que se fueran y que no perdieran el tiempo, él no se detendrá en sus planes de castigar a la humanidad por sus actos. Es entonces que Poseidón le dice que no les deja otra opción más que... ¡Derrotarlo! Zeus sólo sonríe ante las palabras desafiantes del emperador de los mares. Zeus les dice que aceptará su desafío y les advierte que no les va a tener compasión. Justo en ese momento se escucha una voz: -“Mi señor, no tiene por que rebajarse a destruir a estos dos traidores. Déjemelos a mí”. Se trata de... ¡Ares, el Dios de la Guerra! LAS CAVERNAS DE SANGÜITA. Seiya y sus amigos se han separado, y ahora él se encuentra corriendo por un camino que pa- arece no tener fin, cuando nota a lo lejos una luz; cree que es la salida así que se apresura y al llegar al lugar de la luz se da cuenta que entró a un cuarto cubierto de luz y que no tiene salida. De pronto llega un extraño que lo llama por su nombre, Seiya voltea y se da cuenta que es él mismo. EL OLIMPO. Zeus ha dado permiso a Ares de encargarse de Poseidón y Apolo. Después de esto el señor de los Dioses se marcha. Ares les dice que los vencerá sin usar todo su poder, y que aún así no tendrán oportunidad en su contra. Apolo aconseja a Poseidón atacarlo juntos pero éste se niega y le aclara que él solo lo enfrentará y que no desea que intervenga. Poseidón enciende su cosmos y ataca, una y otra vez sin causarle daño al Dios de la guerra. Ares responde con una ráfaga de energía que azota a Poseidón contra el techo del templo. -“Ahora es tu turno, Apolo”. Amenaza Ares. Sin embargo en ese momento se siente un inmenso cosmos, al voltear se dan cuenta de que es... ¡Poseidón! Repentinamente aparece el tridente del emperador del océano, Ares ahora lo comprende, ¡El verdadero Poseidón acaba de despertar! MIENTRAS TANTO EN EL TEMPLO DE LA ARMONIA Y PAZ UNIVERSAL. Aioria, Afrodita, Saga y Mu quienes han entrado al primero de los templos divinos se percatan de que al parecer no hay nadie dentro del recinto sagrado. De pronto empieza a aparecer una espesa niebla que lo cubre todo. Saga propone dividirse en dos grupos para cubrir más terreno y así encontrar la salida. Y así lo hacen, Saga y Mu van por un lado y Aioria y Afrodita por el otro. Al poco tiempo de separarse se empieza a escuchar una bella melodía la cual hace que los envuelva la niebla y en unos instantes unos desaparecen a la vista de los otros. Aioria habla a Afrodita y éste le contesta aunque no lo puede ver; En eso se dan cuenta de que no están solos en la habitación, una especie de guerrero oscuro ha aparecido enfrente de cada uno de ellos. Pero no sólo Afrodita y Aioria lo ven, sino que también a Saga y Mu les pasa lo mismo. Aioria le dice a Afrodita que tal vez ese guerrero es el Dios guardián del templo, y que si lo de- rrotan podrán seguir adelante. Afrodita le contesta que puede que tenga razón, así que se dispone a atacarlo.Al mismo tiempo, Aioria ve venir al guerrero oscuro en su contra. Sin embargo logra eludirlo. Y responde con un ken a la velocidad de la luz, para su sorpresa, su oponente lo esquiva con mucha facilidad. Ninguno de los dos santos puede hacerle daño a su rival; así que deciden usar sus técnicas especiales. Afrodita usará una técnica nueva y más poderosa que su rosas, mientras que Aioria usará su “Plasma de Relámpago”. Los santos atacan al mismo tiempo a su rival, pero, los guerreros oscuros también atacan al unísono provocando tremenda explosión que hace que todos salgan volando por los aires... EN OTRA PARTE DEL TEMPLO. A Mu y a Saga les está ocurriendo lo mismo, sólo que ellos no han atacado a los guerreros oscuros sino que se han puesto a esperar a que los ataquen. Saga comenta que es muy poco probable que esos guerreros sean los guardianes del templo. Mu no lo escucha pues está me- ditando como salir de ahí. El santo de Aries aquieta su mente, cierra los ojos, y se concentra en el guerrero que está frente a él; y para su sorpresa al abrirlos el guerrero es en realidad...¡ Saga de Géminis ! Saga observa que por fin el guerrero empieza a moverse hacia él, así que se prepara para reci- bir el ataque. El guerrero se para frente a él y le pone la mano sobre el rostro; y al retirarla, el santo de Géminis se percata de que a quien tiene frente a él es a...¡Mu! y no al guerrero oscuro. En eso se escucha una voz que los felicita por haber resuelto el enigma del templo, y les dice que se han ganado el derecho de seguir adelante. Los santos preguntan que quien es, sin recibir respuesta alguna. Comprenden que es el guardián del templo y deciden seguir adelante a la siguiente ciudadela, Preguntándose si Aioria y Afrodita habrían logrado pasar ya. Mientras tanto los otros santos dorados apenas se recuperan del impacto de sus kens. De pronto se escucha la misma voz que oyeron Saga y Mu diciendo: -“Veo que han soportado la pelea. Creo que los subestimé, ya que pensé que con ese ataque se iban a destruir mutuamente pero me equivoqué. Así que voy tener la penosa necesidad de matarlos yo mismo”. Los santos se preguntan a que se refiere con que se iban a eliminar ellos mismos y en eso se disipa la niebla que envolvía al cuarto y se percatan que estaban luchando el uno contra el otro y que nunca existieron los guerreros oscuros, sino que eran ellos mismos. Un rayo de luz atraviesa el templo y cae frente a ellos. Una figura humana sale de él, ahora los santos dorados saben que el verdadero combate está por comenzar... FIN DEL VOLUMEN II Saludos
  19. CAPITULO IV: EL RETO DE LOS SANTOS DE BRONCE. STARHILL. Mu acaba de derrotar a Armand de Hércules; uno de los Doce Olimpianos que sirven a Zeus. Ahora ya nada ni nadie les impide a los santos dorados llegar al Olimpo. EN ALGUN LUGAR DEL MAR EGEO. Shion de Aries ha llevado a los santos de bronce a una isla remota perdida en el Mar Egeo. Los santos de bronce preguntan a Shion porque no los llevó al Olimpo como se los prometió. A lo que Shion les contesta que a que irían ir al Olimpo con ese nivel tan bajo de poder. Los santos de bronce se sorprenden. EL OLIMPO. Los santos dorados se encuentran ante un emisario de Zeus, el cual los conducirá ante el señor de los Dioses. Les dice que su nombre es : Altair de Ganímedes; uno de los Doce Olimpianos. También les ha- ce saber que para llegar a ver a Zeus, antes tendrán que atravesar: La Ciudad de los Dioses. Que es una serie de templos enclavados en todo el Monte Olimpo; y que cada templo esta protegido a la entrada por guardias pretorianos, es decir los Doce Olimpianos. Sin mencionar que Para atravesar cada templo tendrán que vérselas con uno de los Dioses del Olimpo. El Olimpiano les advierte que no llegarán ni al primer templo, ya que el los derrotará. Camus propone a los demás quedarse el a combatir. Los santos lo aceptan con desagrado y se marchan deseándole buena suerte. Altair pregunta a Camus si se va a quedar a pelear solo, a lo que el santo dorado asienta con la cabeza. Altair sólo sonríe mostrando el número cinco con la palma de su mano; esto significa que la pelea sólo durará cinco segundos... EN OTRO LUGAR. -“¿En donde estamos?”. Pregunta Seiya. Shion contesta que en un lugar perdido desde tiempos ancestrales. -“Esta isla es sólo un pequeño pedazo de lo alguna vez fue el imponente continente de Tao. El cual era el hogar de mis ancestros, los constructores de las armaduras que portamos”. Dice el maestro Shion. También les dice que en el centro de la isla se encuentran unas grutas llamadas : “Las Cuevas de Sangüita”, se cuenta que aquel que logre atravesarlas obtendrá un poder supremo. Es por eso que los ha llevado ahí antes de ir al Olimpo. EL OLIMPO. Camus y Altair están por iniciar su pelea. Mientras tanto los demás santos dorados se acercan al primero de los templos del Olimpo. Camus y Altair se miran de arriba abajo como queriéndose encontrar sus puntos débiles, y el santo dorado es el primero en atacar con un ken congelante que Altair esquiva con facilidad. Camus lo felicita, pero le recomienda que revise su piernas... ¡Están congeladas! El olimpiano no sale de su asombro, sin embargo le dice a Camus que eso no es suficiente para derrotarlo. El santo de Acuario promete a Altair que el siguiente ataque lo vencerá; ya que usará su mejor técnica: “¡ La Ejecución Aurora !”... Altair de Ganímedes recibe el aire congelado y es lanzado hacia arriba para después caer al suelo inerte. Camus decide que para honrar la valentía de su oponente le hará un ataúd. El santo dorado da la media vuelta y se encamina a alcanzar a los demás santos, pero... MIENTRAS TANTO EN OTRO LUGAR. Seiya y sus amigos están por entrar a las cavernas que les contó el maestro Shion. Shion les recomienda antes de entrar que ahí se van a ver cara a cara con sus más grandes temores, y que la única forma de alcanzar el poder supremo es seguir adelante sin importar que ó quien se tengan que enfrentar. –“Recuerden que ahí adentro se verán reflejados sus mentes. A lo que más le teman encontrarán, sólo tienen que concentrarse y escuchar a su corazón no a su mente, acallen su mente ¡Recuérdenlo! Sólo así lograrán atravesarlas”. Aconseja Shion. Los santos de bronce comprenden. EL OLIMPO. Camus voltea y ocurre una gran explosión, ¡Altair se ha liberado del ataúd congelado! El olimpiano se burla del ataque de Camus, y le que como se atrevió a creer que con esa temperatura lo iba a derrotar. Altair le dice que para congelar un kamei se requiere del golpe de varios ceros absolutos; para ser más exacto de por lo menos : ¡ 500, 000 °C bajo cero! Camus comprende que mientras Altair traiga puesto ese kamei será imposible vencerlo. Así que el santo de Acuario se prepara para su último ataque y concentra su cosmos, Altair usa su ken “Cruz de Aguila”; y para su sorpresa Camus la intenta rechazar con la “Ejecución de Aurora”. Sin embargo la balanza se inclina hacia el olimpiano... El santo de Acuario se sabe perdido, apaga su cosmos y se despoja de su armadura dorada. -“Ya no me servirá a mi, Hyoga hará un mejor uso de ella”. Piensa para sí. Camus es golpeado por el ken y es derrotado sin remedio. -“H..Hy...oga, a...a...diós. Cu..ida a...a A...thena p..por mí...í ”. Se despide Camus de Hyoga. MUY LEJOS DE AHÍ. Hyoga siente la muerte de Camus, y quiere ir al Olimpo a vengarlo. Pero Shion lo detiene y le dice que ya nada puede hacerse, es mejor que se quede y entre a las cavernas; ya habrá tiempo después para vengar a Camus. Hyoga comprende y decide quedarse y pasar las cavernas. Todos juntos entran... Saludos
  20. CAPITULO III : LA MORTAL BATALLA EN STARHILL, LA LLEGADA DE LOS SANTOS DORADOS AL OLIMPO. STARHILL. Los santos dorados han resuelto el acertijo que les puso la esfinge, pero ahora se encuentran ante otro nuevo obstáculo. Pues de la esfinge ha salido un hombre y no saben de quien se trata; y si es amigo o enemigo. El extraño les dice que no van a poder salir de ahí con vida, porque en Starhill los santos no pueden usar sus poderes ni cosmo. Y así no son rivales para un Olimpiano de Zeus. -“Yo soy Armand de Hércules, uno de los doce Olimpianos que sirven a Zeus”. Dice. Los santos dorados se encuentran entre la espada y la pared ya que no pueden usar su cosmo ni poderes y tienen como oponente a uno de los Olimpianos de Zeus. Aioria; Saga y Milo atacan a Armand al mismo tiempo, pero sus ataques no sirven de nada en contra del Olimpiano. Camus le dice a Mu y Afrodita que tienen ninguna oportunidad contra él. Armand sólo se ríe de ellos diciendo : -“¿Y éstos son los temibles santos de Athena que derrotaron a Hades?”. -“¿Entonces no harán el intento por derrotarme?”. Pregunta Armand. El Olimpiano les recuerda que si no lo vencen no podrán llegar al Olimpo. Ante las palabras de Armand, Camus y Afrodita reaccionan y lo atacan sin causarle el menor daño; y son repelidos con facilidad. Sólo Mu queda ya para hacerle frente. Armand pregunta a Mu porque no lo ataca como sus compañeros, a lo que el santo de Aries contesta que él no tiene intención alguna de combatir. El Olimpiano le dice que es por que sabe que no puede vencerlo. -“Tienes razón, no quiero pelear por que ya sé que no estoy a tu nivel”. Dice Mu. Armand comenta que desde que oyó que a Mu lo entrenó el maestro Shion de Aries, su ás ferviente deseo era de combatirlo y derrotarlo. Pero ahora que lo tiene enfrente se ha dado cuenta de que todo lo que se dice de él es mentira. El santo dorado le contesta diciendo : -“Lo que dije sobre mi deseo de pelear contra ti es cierto. Pero de eso a insultar a su maestro, eso es algo que no puedo pasar por alto”. El olimpiano le pregunta si ha decidido pelear, el santo dorado dice que no hay otra salida... -“Te arrepentirás de haber retado a Mu, ya que él es el segundo santo dorado más poderoso”. Exclama Afrodita. -“Sí, pero también es cierto que en Starhill ustedes los santos de Athena no pueden desarrollar su cosmos. Ahora Mu, sabiendo esto, ¿Estás preparado para pelear?”. Dice Armand. Mu solo asienta con la cabeza. -“Entonces ahora probarás mi poderoso ken: “¡Centella de Trueno!””. Grita Armand. Armand esta convencido de que Mu no podrá hacer nada, ya que en Starhill los santos no pueden usar sus poderes y habilidades; se necesita tener el nivel de un Dios para hacerlo. Pero para su sorpresa, Mu desaparece esquivando su ataque y después aparece sobre él y le dice: -“Cuando te dije que no quería pelear contigo por que no estaba a tu nivel, era en serio ya que no deseaba humillarte. Y ahora que he visto tu poder, veo que estaba en lo cierto. Pero como muestra de mi buena voluntad te perdonaré la vida si aceptas tu derrota y te quitas de nuestro camino. Tú decides”. Armand le contesta que no esta en posición de condicionar nada, ya que si no se hubiera quita- do, el ken lo hubiera destruido. -“Muy bien entonces recibiré tu poder de frente esta vez”. Dice Mu. Armand concentra su cosmos al máximo y dispara nuevamente la “Centella de Trueno” contra Mu, el resultado es una tremenda explosión que hace temblar los cimientos del templo. El Olimpiano está seguro de su victoria, pero... ¡Mu ha salido ileso! Por última vez el santo dorado le pide que se rinda pero el olimpiano se niega de nuevo. Armand comprende que no puede con Mu, así que antes de que lo elimine, quiere que le revele como le hizo para usar sus poderes en Starhill. Mu le contesta que el puede usar sus poderes ahí; porque simplemente él no está en Starhill. Armand se queda asombrado. El santo de Aries le dice que desde que se acercaban a la Colina Ida, sintieron un cosmos dentro de Starhill, pero en ese momento pensaron en que era del maestro Shion. Por eso los otros santos dorados no estaban preparados para enfrentarlo. Sin embargo, él se teletransportó a otra dimensión paralela a la nuestra y con los santos sólo dejo una proyección astral de su subconsciente controlada por el. Armand reconoce la victoria del santo dorado y se da por vencido a cambio de que le perdone la vida. Mu esta de acuerdo pero... Al dar la espalda al Olimpiano, éste lo ataca con su “Centella de Trueno”; sin embargo a lo que le da es a una proyección astral de Mu quien esta arriba de él. Al darse cuenta de que todo el tiempo ha estado combatiendo contra un holograma, Armand comprende que ha llegado su hora ya que el santo de Aries es más poderoso que él. Mu lo ataca con su “Revolución del Polvo Estelar”, a diferencia de él, Armand no puede esquivar el ataque y queda reducido a polvo. Sólo su kamei permanece intacto... Saludos
  21. CAPITULO II: ¡UNAMOS TODOS ESFUERZOS ANTE EL PODER INIMAGINABLE DEL DIOS DE LA GUERRA! STARHILL. Mu; Camus; Afrodita; Aioria; Milo y Saga están ante el dilema de resolver el acertijo que les puso la Esfinge. Todos están confundidos con lo que preguntó la Esfinge. -“El animal que anda en cuatro patas en la mañana...”Dice Camus. -“...Dos patas en la tarde...”. Agrega Milo. -“...Y tres patas en la noche”. Acompleta Afrodita. -“¡Ya basta! Se acabó el juego, ¡Yo lo sé!”. Exclama Mu. -“Te escucho”. Dice la Esfinge. -“Es muy sencillo, la respuesta es: ¡El hombre! Porque anda en cuatro patas en la mañana, cuando es aún un bebé y gatea; anda en dos en la tarde, cuando ya es un adulto; y en tres en la noche, cuando está en la vejez y tiene que usar bastón”. Responde Mu. La Esfinge les dice que han resuelto el acertijo y ahora ya pueden tener acceso al Olimpo. Pero que hay un pequeño problema, para llegar tendrán que demostrarle que son dignos de tal honor. En ese momento la estatua se hace pedazos, y de ella sale un hombre... EL SANTUARIO. Ahora que han sido derrotados todos los Olimpianos que invadieron el Santuario, ya sólo queda el poderoso Dios de la Guerra, Ares. Kanon le dice a Ares que se rinda ya que ni él podrá sólo contra todos. El Dios bélico se burla de tales palabras. Belenger se ofrece para derrotarlo. A lo que exclama Ares: -“¡Tonto! Como te atreves a querer pelear contra mi tu solo. Eso sería una locura, porque a pesar de ser un Coronis; eres aún un simple mortal. ¡Y yo soy un Dios !”. Belenger hace caso omiso a las palabras de Ares y lo ataca con sus cabellos, pero en el último Instante antes de tocar al Dios, los cabellos se vuelven en contra de Belenger, lastimándolo en serio y destruyendo su ropaje. Atlas y Yao están sorprendidos por lo que pasó, por lo que atacan llenos de ira a Ares. Este ni se molesta en esquivar el ataque. Al ver su actitud, los coronis aumentan el poder de su ken para darle con más fuerza a Ares. Como era de esperarse sus ataques se volvieron contra ellos, y para demostrar su poder; Ares hizo que se cruzaran sus poderes, es decir el de Yao dio en Atlas, y el de éste en Yao. Kanon y los demás no dan crédito a lo que les hizo Ares a los Coronis. Ares les dice que no se sorprendan porque no ha usado ni una cuarta parte de su poder. Kanon dice que ahora es su turno, y pide a todos que no intervengan. Ares le advierte que lo va a aplastar con todo su poder. Pero en ese momento los Coronis intervienen diciendo que ellos se encargarán de derrotar a Ares. Ares dice a Kanon que lo espere un momento que esto no le va a llevar mucho tiempo. Sin embargo los guerreros de Apolo se ven muy convencidos de su victoria. Kanon les pregunta que tienen planeado hacer, a lo que le contestan que usarán la última técnica de los Guerreros de la Corona. -“Así como ustedes tienen la Exclamación de Athena, como última opción; nosotros contamos con la : “¡Extinción de la Corona solar!”. Dicen los Coronis. El Dios de la Guerra no puede creer que vayan a usar una técnica tan poderosa como esa, ya que sabe que el que la haga morirá junto con su oponente... En ese instante, Shion; Seiya y sus amigos arriban al Santuario. -“¡Extinción de la Corona solar!”. Gritan los tres Coronis a la vez. Al darse cuenta Shion de lo que van a hacer crea su “Muro de Cristal” para proteger a todos los que estaban alrededor; y los eleva hacía el cielo con su poder mental. El impacto del ataque es catastrófico, donde estuvo alguna vez el Santuario ya sólo queda un enorme cráter inmensamente profundo que parece no tener fin. De los guerreros de Apolo; sólo cenizas quedan... Sin embargo en el centro del cráter hay algo, es decir alguien... ¡Es Ares! El cual salió ileso del ataque. Tanto Shion como Kanon y los santos de bronce no entienden como pudo sobrevivir Ares a tal técnica. Ares voltea hacía arriba y le dice a Kanon que es su turno. El santo dorado se alista a combatir ante la insistencia de Seiya y los otros de ayudarlo, pero en ese instante... Uno de los Dioses del Olimpo se comunica telepáticamente con Ares diciéndole que se le necesita en el Santuario del Cielo, ya que los santos de Athena han llegado al Monte Olimpo. Ares comprende el mensaje y le dice a Kanon que debe darle gracias a su buena suerte de que él se tenga que marchar al Olimpo. Después de esto, Ares se desvanece... Seiya dice que no deben perder más tiempo; ya que hay que ir a ayudar a los santos dorados al Olimpo. Shion les dice que él los llevará. Saludos
  22. Hola amigos, arranco el volumen 2 del Fan Fic de Saint Seiya: VOLUMEN II CAPITULO I : EL ACERTIJO DE LA ESFINGE. Los santos dorados ya están dentro de Starhill y se encuentran con una estatua gigantesca que está en el centro del templo, es una Esfinge. De pronto algo pasa, se cierran las puertas y se quedan encerrados. Tratan de buscar otra salida pero sólo hay una, la que se acaba de cerrar. De pronto se escucha una voz en la habitación que se burla de ellos y les dice que de ahí no van a salir con vida. También les comunica que a partir de Starhill están los dominios de Zeus, el Rey de los Dioses; y que mientras estén en esa habitación no podrán usar sus poderes. Los santos le dicen que sea quien sea no se esconda y que de la cara. El sólo les contesta que ninguno saldrá vivo de ahí, ya que tendrán que resolver su acertijo primero. -“¡¿Acertijo?! ¿Quién eres?”. Preguntan los santos. -“¿Acaso no pueden verme? ¡He estado frente a ustedes todo el tiempo y no me han visto!”. Contesta la voz. Los santos dorados se ponen en guardia; de izquierda a derecha: Mu de Aries; Saga de Géminis; Aioria de Leo; Milo de Escorpión; Camus de Acuario y Afrodita de Piscis. MIENTRAS EN EL SANTUARIO. Continúa la lucha mortal entre los guerreros de la Corona; acompañados por los Generales Marina, contra los Olimpianos y Ares, Dios de la Guerra. Tómax de Orión empieza a combatir con Yao de Lince-Leopardo. Yao es el primero en atacar con una gran gama de golpes, Tómax sólo se limita a esquivarlos para después arremeter con su “Lanza de Luz”. El coronis logra eludir todos los ataques, pero Tómax le dice que aunque haya esquivado la lanza, sólo el aire mismo de está le ha cortado su ropaje. Yao se mira y se da cuenta que es cierto lo que dijo. Sin embargo comenta que aún no termina ésta batalla. STARHILL. Los santos dorados se han dado cuenta que la voz proviene de la estatua de la esfinge que está en el centro del templo. La estatua les vuelve a decir lo del acertijo. –“Para llegar al Olimpo deben responder al acertijo para que aparezca ante sus ojos la puerta invisible que los conducirá al reino de Zeus”. La Esfinge pregunta si ya están listos para escuchar y resolver el acertijo. Los santos contestan que sí. -“Muy bien, entonces diganme : ¿Cuál es el animal que en la mañana anda en cuatro patas,por la tarde en dos y por la noche en tres?”. Pregunta la Esfinge. EL SANTUARIO. Yao ha sido herido en repetidas ocasiones por la lanza de luz de Tómax de Orión, sin embargo el Coronis contraataca con su “Lince Reluciente”, pero para su sorpresa el Olimpiano lo para con su escudo. Después de esto, Tómax ataca a Yao con su “Patada de Barreno” con la que le hace añicos su ropaje y lo envía a volar lejos... No muy lejos de ahí Kanon se encuentra combatiendo con otro Olimpiano, se tata de Bold de Jasón. Bold está cansado de que Kanon sólo este esquivando sus golpes y no ataque, así que va a usar una de sus técnicas especiales. Kanon le advierte que haga lo que haga no lo vencerá. El Olimpiano ataca, pero justo enfrente de Kanon se divide en dos cuerpos; aún así no es capaz de alcanzar al santo. Arremete de nuevo pero ahora en cuatro con el mismo resultado. Kanon le dice que aunque fueran cientos, ni aún así lo vencería. Bold se enfurece al oír las palabras del santo y por esa ofensa usará su más poderoso ken : “El Golpe de Maremoto”. Por fin Kanon es alcanzado por primera vez por Bold. Para sorpresa del Olimpiano, Kanon no sufrió daño alguno por el ken; al contrario está desilusionado por su nivel como Olimpiano. -“Aún no he visto a todos los Olimpianos en acción, pero estoy seguro que tu eres el más debil. ”. Exclama Kanon. El santo de Athena le dice que se prepare por que va a usar su más terrible ataque: “ ¡La Explosión de Galaxias! ”. El estruendo del ken se escucha a kilómetros a la redonda y el cuerpo de Bold sale disparado por los aires... Sin embargo a pesar del poder no sufrió daño alguno. -“¡Ja, Ja, Ja! ¿En verdad pensabas que me ibas a derrotar con ese ataque? Nunca podrás lograrlo mientras tenga puesta esta armadura Kamei”. Se jacta Bold. Kanon le responde que no tiene la intención de destruir la armadura sino a su dueño. Así que no se molestará en matarlo, mejor lo va a hacer vagar en : ¡Otra Dimensión ! -“¡Toma mi poderoso: “¡Triángulo Dorado !”!”.Exclama amenazante el santo. Bold no puede contener el ken y es irremediablemente enviado a otra dimensión. Mientras tanto, Yao está a merced de Tómax de Orión después de haber recibido la Patada de Barreno; pero cuando Tómax se dispone a rematarlo, Belenger lo aprisiona con sus cabellos y Atlas ordena a Yao levantarse y después atacar juntos con sus poderes más fuertes... Sin perder tiempo lo hacen al unísono lo cual provoca la derrota irremediable de Tómax. Con esto sólo queda derrotar a Ares, el Dios de la Guerra... Saludos
  23. CAPÍTULO 1 Las aspas del helicóptero cortaban la oscuridad que cubría el bosque de Winsburg. Rebecca Peer estaba sentada muy tiesa, esforzándose por parecer tan tranquila como los hombres que la rodeaban. El ambiente era serio, tan sombrío y nublado como los cielos que cruzaban. Las bromas y los chistes se habían quedado atrás, en la reunión informativa. No se trataba de un ejercicio de entrenamiento. Tres personas más, tres excursionistas, habían desaparecido, un hecho no tan extraño en un bosque tan grande como el que rodeaba Winsburg, pero con la ola de asesinatos salvajes que habían aterrorizado a la pequeña población durante las últimas semanas, la palabra «desaparecido» había adquirido un nuevo significado. Sólo unos pocos días antes se había encontrado a la novena víctima, tan destrozada y mutilada como si la hubieran pasado por una picadora de carne. Estaban matando a gente. Algo o alguien atacaba salvajemente en los alrededores de la ciudad, y la policía de Winsburg no estaba obteniendo ningún resultado. Finalmente habían llamado al comando local de los MAGNIFICOS para que colaborase en la investigación. Rebecca alzó ligeramente la barbilla, en un destello de orgullo que superó su nerviosismo. Aunque estaba graduada en bioquímica, la habían asignado al equipo Bravo como médico de campo. Hacía menos de un mes que pertenecía al grupo. Era la mejor amiga de la Lara, ya que hicieron las secundarias juntas. Eran amigas inseparables, y fue Lara que le dijo si queria unirse al equipo de los MAGNIFICOS. Lara se habia unido al grupo cuando tenia 18 años, en 1986, después de la muerte de su mentor Von Croy en 1984 en Camboya, porque ella habi quedado muy golpeada animicamente y tal vez unirse al grupo era la mejor manera de sobrepasar esa situación, ademas la Ciudad de Winsburg siempre fue una de la favoritas de Lara y tambien de Rebecca. Al mes incentivó a Rebecca si lo queria seguir en su idea de unirse al grupo. Pero el destino hizo (y porque Lara siempre sobresalia sobre su amiga), de que Rebecca estuviera en el Equipo Bravo(Beta) del escuadron y Lara en el Equipo Alpha con su inseparable amigo Steve Johnson. Lo que si Rebecca siempre estuvo en dudas si seria de ultilidad, pero tenia cualidad, por la cual habia sido tomada en cuenta en el mejor escuadron de la ciudad de Winsburg Mi primera misión. Lo que quiere decir que más vale que no la fastidie. Dice Rebecca Respiró hondo y soltó el aire lentamente, mientras intentaba mantener una expresión neutra. Edward le dedicó una sonrisa alentadora, y Sully se inclinó hacia adelante en la abarrotada cabina para darle una palmadita tranquilizadora en la pierna. Al parecer, su fingida calma no colaba. A pesar de todo lo lista que era y de lo preparada que estaba para iniciar su carrera, no podía hacer nada respecto a su edad, o respecto a parecer aún más joven. A sus dieciocho años, era la persona más joven que los MAGNIFICOS habían aceptado nunca, desde su creación en 1967. Y como era la única mujer en el equipo B de Winsburg, todos la trataban como si fuera su hermana pequeña. Suspiró, le devolvió la sonrisa a Edward y le hizo un gesto a Sully con la cabeza. No era tan terrible tener un puñado de tipos duros como hermanos mayores, vigilándola. Siempre y cuando entendieran que podía cuidar de sí misma cuando hiciera falta. Eso creo, añadió para sí en silencio. Después de todo, era su primera misión, y aunque estaba en perfecta forma física, su experiencia en combate se limitaba a las simulaciones de vídeo y a las misiones de entrenamiento de fin de semana. La Escuadra de Tácticas Especiales y Rescates la quería en sus laboratorios, pero era obligatorio cubrir un tiempo en servicio de campo, y Rebecca necesitaba experiencia. De todas formas, inspeccionarían los bosques en grupo. Si se encontraban con la gente o con los animales que habían estado atacando a los habitantes de Winsburg, tendría quien le cubriera las espaldas. Se vio el destello de un rayo hacia el norte, cerca. El ruido del trueno se perdió bajo el rugido del helicóptero. Rebecca se inclinó ligeramente hacia delante e intentó penetrar la oscuridad. Había sido un día claro y despejado, pero justo antes de la puesta de sol habían comenzado a formarse nubes. No cabía duda de que volverían a casa mojados. Al menos iba a ser una lluvia cálida; supuso que podría ser mucho… ¡Boom! Había estado tan concentrada pensando en la tormenta que se cernía sobre ellos, que durante un segundo, incluso mientras el helicóptero se inclinaba peligrosamente y caía, creyó que se trataba del ruido de un trueno. Desde la cabina se fue alzando un terrible gemido agudo y el suelo empezó a vibrar bajo sus botas. Captó el olor caliente del metal quemado y del ozono. ¿Un rayo? —¿Qué ha sido eso? —gritó alguien. Era Enrico, desde el asiento del copiloto. —¡El motor ha fallado! —explicó a gritos el piloto, Kevin Dooley—. ¡Aterrizaje de emergencia! Rebeca se sujetó con fuerza a un hierro de la estructura y miró hacia sus compañeros para evitar la visión de los árboles, que subían rápidamente hacia ellos. Observó el gesto decidido y serio del mentón de Sully, los dientes apretados de Edward y la mirada de preocupación que intercambiaron Richard y Forest mientras se agarraban a los salientes de la estructura y los asideros de la vibrante pared. Delante, Enrico estaba gritando alguna cosa, algo que Rebecca no pudo descifrar por encima del sonido agonizante del motor. Cerró los ojos durante un instante, pensó en sus padres… Pero el viaje era demasiado violento como para poder pensar. Los golpes y los azotes de las ramas de los árboles sacudían el helicóptero con tal estruendo que lo único que pudo hacer Rebecca fue no perder la esperanza. El helicóptero giró fuera de control y se precipitó describiendo una espiral escalofriante, entre sacudidas y bandazos. Un segundo después todo había acabado. El silencio fue tan repentino y completo que Rebecca pensó que se había quedado sorda. Todo movimiento se detuvo. Entonces oyó el goteo sobre el metal, el jadeo ahogado del motor y los feroces latidos de su propio corazón. Se dio cuenta de que estaban en tierra. Kevin lo había logrado, y sin un solo rebote. —¿Estáis todos bien? —Enrico Marín, el capitán, estaba medio vuelto en el asiento. Rebecca unió su gesto inseguro al coro de afirmaciones. —¡Bien pilotado, Kev! —exclamó Forest, y se alzó un nuevo coro. Rebecca estaba totalmente de acuerdo. —¿Funciona la radio? —preguntó Enrico al piloto, que estaba dando golpecitos a los controles y moviendo los interruptores. —Parece que se ha frito toda la parte eléctrica —contestó Kev—. Debe de haber sido un rayo. No nos ha dado de lleno, pero ha pasado lo suficientemente cerca. La baliza tampoco funciona. —¿Se puede arreglar? Enrico formuló la pregunta para todos, pero miró a Richard, que era el oficial de comunicaciones. A su vez, Richard miró a Edward, que se encogió de hombros. Edward era el mecánico del equipo Bravo. —Voy a echarle una ojeada —repuso Edward—, pero si Kev dice que el transmisor está quemado, es que seguramente lo está. El capitán asintió con un lento movimiento de cabeza mientras se acariciaba el bigote con una mano y consideraba qué opciones tenían. Pasados unos segundos, suspiró. —Llamé cuando el rayo nos alcanzó, pero no sé si el mensaje salió — informó—. Tienen nuestras últimas coordenadas. Si no informamos pronto, vendrán a buscarnos. Los que vendrían a buscarlos eran el equipo Alfa de los MAGNIFICOS. Rebecca asintió con los demás, sin estar segura de si debía estar decepcionada o no. Su primera misión había acabado incluso antes de empezar. Enrico volvió a tocarse el bigote, atusándoselo en las comisuras de la boca con los dedos índice y pulgar. —Todo el mundo afuera —ordenó—. Veamos dónde estamos. Salieron uno a uno de la cabina. Rebecca se fue dando cuenta de la situación en la que se hallaban mientras se iban reuniendo en la oscuridad. Tenían muchísima suerte de estar vivos. Nos ha caído un rayo. Y mientras buscamos asesinos locos, ni más ni menos, pensó, sorprendiéndose. Incluso si la misión había concluido, sin duda había sido lo más excitante que le había pasado nunca. El aire se notaba cálido y cargado de la inminente lluvia. Las sombras eran profundas. Pequeños animales correteaban por el sotobosque. Se encendieron un par de linternas y los haces de luz cortaron la oscuridad mientras Enrico y Edgard rodeaban el helicóptero examinando los daños. Rebecca sacó su linterna de la mochila, aliviada de no habérsela olvidado. —¿Cómo lo llevas? Rebecca se volvió y vio a Ken «Sully» Sullivan sonriéndole. Había sacado su arma, y el cañón de la nueve milímetros apuntaba hacia el nuboso cielo, recordándole tristemente cuál era la razón de su presencia allí. —Realmente sabéis cómo hacer una entrada sonada, ¿no? —bromeó, devolviéndole la sonrisa. El hombre alto rió, y los blancos dientes resaltaron contra la oscuridad de la piel. —La verdad es que siempre hago esto para los nuevos reclutas. Es un gasto en helicópteros, pero tenemos que mantener nuestra rete adoración. Rebecca estaba a punto de preguntar qué opinaría el jefe de policía de ese gasto —era nueva en la zona, pero ya había oído decir que el jefe Irons era famoso por su tacañería— cuando Enrico se unió a ellos, sacando su arma y alzando la voz para que todos pudieran oírlo. —De acuerdo, chicos. Abrámonos en abanico e inspeccionemos los alrededores. Kev, quédate en el helicóptero. El resto, no os separéis demasiado, sólo quiero que aseguréis la zona. El equipo Alfa podría estar aquí en menos de una hora. No completó la frase, no dijo que también podría pasar mucho más tiempo, pero era innecesario. Al menos por el momento, estaban solos. Rebecca sacó la nueve milímetros de la funda y comprobó cuidadosamente los cargadores y la recámara como le habían enseñado, con el arma en posición vertical para evitar apuntar a alguien sin darse cuenta. Los otros se movían a ambos lados, comprobando sus armas y encendiendo las linternas. Rebecca respiró hondo y comenzó a andar en línea recta, enfocando el rayo de luz de la linterna hacia adelante. Enrico estaba sólo a unos cuantos metros y avanzaba en paralelo a ella. Se había alzado una fina neblina baja, que se enrollaba entre los matojos como una marea fantasmal. A unos doce metros, los árboles se abrían y formaban un sendero lo suficientemente ancho para considerarse una carretera pequeña, aunque la niebla le impedía estar segura. Todo estaba en silencio excepto por los truenos, que sonaban más cerca de lo que se había esperado; tenían la tormenta casi encima. El haz de luz iluminó árboles, luego oscuridad y luego otra vez árboles, con un destello de lo que parecía… —¡Mire, capitán! Enrico se puso a su lado y, en segundos, cinco luces más se dirigieron hacia el brillo metálico que Rebecca había visto y lo iluminaron: una estrecha carretera de tierra y un jeep volcado. Mientras el equipo se acercaba, Rebecca pudo ver las letras PM grabadas en un lado. Policía Militar. Vio una pila de ropa que salía por el parabrisas roto y frunció el entrecejo. Se acercó para ver mejor y, mientras rebuscaba el kit médico, corrió a arrodillarse junto al jeep volcado. Ya antes de agacharse supo que no podría hacer nada. Había tanta sangre… Dos hombres. Uno había salido disparado limpiamente y yacía a unos cuantos metros. El otro, el hombre rubio que tenía ante sí, aún tenía medio cuerpo dentro del jeep. Ambos llevaban ropa militar de trabajo. El rostro y la parte superior del cuerpo de ambos habían sido horriblemente mutilados. Tenían grandes desgarros en la piel y en los músculos, y unas heridas profundas en el cuello. Era imposible que fueran resultado del accidente. Pensativa, Rebecca le buscó el pulso y se fijó en que la piel estaba muy fría. Se incorporó y fue hacia el otro cadáver; de nuevo buscó alguna señal de vida, pero estaba tan frío como el primero. —¿Crees que son de Ragithon? —preguntó Richard. Rebecca vio un maletín junto a la pálida mano extendida del segundo cadáver y fue a buscarlo medio agachada. La respuesta de Enrico le llegó mientras levantaba la tapa del maletín. —Es la base más cercana, pero mira la insignia. Son marines. Podrían ser de Donnell —dijo. Sobre un puñado de carpetas de informes había un sujetapapeles con un documento de aspecto oficial. En la esquina superior izquierda se veía la foto de carnet de un hombre apuesto y de ojos oscuros vestido de civil. Ninguno de los cadáveres se le parecía. Rebeca alzó las hojas y leyó en silencio… y se le quedó la boca seca. —¡Capitán! —consiguió decir, mientras se levantaba. Enrico levantó la vista desde donde se hallaba agachado junto al jeep. —¿Sí? ¿Qué ocurre? Rebecca leyó en voz alta la parte relevante. —Una orden judicial para transportar a alguien… «Prisionero William Coen, ex teniente, de veintiséis años de edad. Sometido a un consejo de guerra y sentenciado a muerte el 22 de julio. El prisionero será transportado a la base de Ragithon para ser ejecutado.» El teniente había sido acusado de asesinato en primer grado. Edward le cogió el documento de las manos. Dijo en voz alta y cargada de furia lo que ya se estaba formando en la mente de Rebecca. —Estos pobres soldados. Sólo estaban haciendo su trabajo, y ese canalla los ha asesinado y se ha escapado. Enrico, a su vez, le tomó los documentos de las manos a él y les echó una rápida ojeada. —Muy bien, muchachos. Cambio de planes. Tenemos un asesino suelto. Separémonos y reconozcamos la zona más próxima, a ver si podemos localizar al Teniente Billy. Manteneos alerta e informad cada quince minutos, pase lo que pase. Todos hicieron gestos de asentimiento. Rebecca respiró hondo mientras los otros comenzaban a moverse y comprobó su reloj, decidida a ser tan profesional como cualquier otro componente del equipo. Quince minutos sola, ningún problema. ¿Qué podía pasar en quince minutos? Sola, en medio de esos bosques tan oscuros. —¿Tienes tu radio? Rebecca pegó un bote y se volvió al oír la voz de Edward. El mecánico estaba justo a su espalda y le dio una palmadita en el hombro, sonriendo. —Tranquila, nena. Rebecca le devolvió la sonrisa, aunque odiaba que la llamaran «nena». ¡Por el amor de Dios, Edward sólo tenía veintiséis años! Rebecca dio unos golpecitos a la unidad de radio que colgaba de su cinturón. —Comprobado. Edward hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se alejó. Su mensaje era claro y tranquilizador. Rebecca no estaría realmente sola, no mientras tuviera la radio. Miró alrededor y vio que algunos de los otros ya estaban fuera de su vista. Kevin seguía en el asiento del piloto y estaba examinando el portafolios que ella había encontrado. La vio y le dedicó un saludo militar. Rebecca alzó el pulgar y cuadró los hombros mientras volvía a desenfundar su arma y se adentraba en la noche. En lo alto, retumbó un trueno. Albert Smith se hallaba sentado en la planta de tratamiento Con B1. La única luz en la sala provenía del parpadeo de seis monitores de observación, que cambiaban de imagen en rotaciones de cinco segundos. Se veían todos los niveles del centro de formación, los pisos superior e inferior de la planta de tratamiento del agua y el túnel que conectaba a los dos. Contempló las silenciosas pantallas en blanco y negro sin verlas realmente; la mayor parte de su atención estaba centrada en la transmisión que estaba recibiendo de los del comando de limpieza. Un grupo de tres hombres —bueno, dos y el piloto— estaba de camino en helicóptero, en silencio la mayor parte del tiempo; eran profesionales y no perdían el tiempo con bromas de machos o chistes de jovencitos, lo que significaba que Smith estaba oyendo un montón de estática. Ningún problema; el ruido blanco combinaba bien con los rostros inexpresivos de mirada fija que veía en los monitores, los cuerpos destrozados tirados por los rincones, los hombres que habían sido infectados vagando sin rumbo por los corredores vacíos. Como en la mansión y los laboratorios Arklay, a unos cuantos kilómetros de allí, los campos privados de entrenamiento de White Psycho System y los centros conectados a ellos habían sido atacados por el virus. —Tiempo de llegada estimado, treinta minutos, cambio —dijo el piloto, y su voz resonó en la sala tenuemente iluminada. —Recibido —contestó Smith, inclinándose sobre el micro. De nuevo silencio. No hacía falta hablar sobre lo que ocurriría cuando llegaran al tren… y, aunque era un canal seguro, era mejor no decir más de lo estrictamente necesario. White Psycho System se había cimentado en el secreto, una característica del gigante farmacéutico que, en los niveles superiores de gestión, todos seguían respetando. Incluso de los negocios legítimos de la compañía, cuanto menos se hablase, mejor. Todo se está viniendo abajo, pensó Smith sin preocuparse, mientras observaba las pantallas. La mansión Spencer y los laboratorios que la rodeaban habían caído a mediados de mayo. White Psycho System lo tomó como un «accidente», y se sellaron los laboratorios hasta que los investigadores y el personal infectado pasaran a ser «inefectivos». Después de todo, siempre ocurren errores. Pero la pesadilla del centro de formación, que aún se estaba representando ante él, había sucedido a continuación, menos de un mes después…, y hacía sólo unas cuantas horas, el maquinista del tren privado de White Psycho System, el Expreso Eclíptico, había apretado el botón de alarma de peligro biológico. Así que no sirvió de nada encerrarlo, el virus se filtró y se esparció. Es así de simple, ¿no? En el comedor del centro de formación había un puñado de reclutas infectados. Uno de ellos caminaba en círculos irregulares alrededor de lo que había sido una bonita mesa. Le goteaba algún fluido viscoso de una fea herida en la cabeza mientras avanzaba a trompicones, sin conciencia de dónde estaba, ni del dolor, ni de nada. Smith apretó varias teclas del panel de control que se hallaba bajo el monitor para impedir que la imagen cambiara. Se recostó en la silla y se dedicó a observar al caminante condenado dar vueltas alrededor de la mesa. —Podría haber sido sabotaje —dijo en voz baja. No podía estar seguro. De ser así, estaba preparado para parecer natural; un vertido en el laboratorio de Arklay, un aislamiento incompleto. Unas cuantas semanas después, un par de excursionistas desaparecidos, posiblemente obra de uno o dos sujetos experimentales escapados; y unas semanas más tarde, infección en el segundo centro de White Psycho System. Era muy improbable que uno de los portadores del virus hubiera ido a parar por casualidad a uno de los otros laboratorios de Winsburg, pero era posible. Excepto que en ese momento tenía que pensar también en el tren. Y eso no parecía un accidente. Daba la sensación de estar… planeado. ******, podría haberlo hecho yo mismo, si se me hubiera ocurrido. Desde hacía algún tiempo había estado buscando la forma de salir de todo esto, cansado de trabajar para una gente que eran claramente inferiores a él, y plenamente consciente de que pasar demasiado tiempo en la nómina de White Psycho System no era muy aconsejable para la salud. Y ahora pretendían que condujera a los MAGNIFICOS a la mansión y a los laboratorios de Arklay para descubrir qué tal lo hacían las mascotas guerreras de White Psycho System contra soldados armados. ¿Y les preocupaba que él pudiera morir en la misión? En absoluto, siempre y cuando registrara los datos primero, de eso estaba seguro. Investigadores, médicos, técnicos, cualquiera que trabajara para White Psycho System durante más de una década o dos tenía la costumbre de acabar desapareciendo o muriendo. George Trevor y su familia, el doctor Marcus, Dees, el doctor Darius, Alexander Ashford… Y ésos eran sólo los nombres de los más importantes. Sólo Dios sabía cuánta gente menos importante había acabado enterrada en alguna parte… o se había transformado en el sujeto experimental A, B o C. La sombra de una sonrisa se le formó en la comisura de la boca. Pensándolo bien, él sí que tenía una buena idea de cuántos. Trabajaba para White Psycho System desde finales de los años setenta, y la mayor parte de ese tiempo había estado destinado al área de Winsburg. Y había visto a los matasanos utilizar a un buen número de sujetos experimentales, muchos de los cuales él mismo había ayudado a conseguir. Tendría que haber dejado White Psycho System hacía ya tiempo, y si lograba conseguir los datos que querían los peces gordos, quizá hasta podría lanzarse a una pequeña escaramuza de buen regateo, un regalo de despedida para financiar su jubilación. White Psycho System no era el único grupo interesado en la investigación de armas biológicas. Pero primero, una buena limpieza al tren. Y a este lugar, pensó, contemplando cómo el soldado con la herida en la cabeza tropezaba con una silla e iba a parar al suelo. El centro de formación estaba conectado con la planta «privada» de tratamiento del agua por un túnel subterráneo; se tendría que despejar todo. Pasaron unos segundos, y el soldado que se veía en la pantalla consiguió ponerse en pie y siguió su paseo a ninguna parte. Parecía tener un tenedor clavado en el hombro derecho, un recuerdo de la caída. El soldado, naturalmente, no lo notó. Se trataba de una enfermedad encantadora. Sin duda se habrían dado el mismo tipo de escenas en los laboratorios Arklay, de eso Smith estaba convencido; las últimas llamadas desesperadas desde el laboratorio en cuarentena habían mostrado un retrato muy vívido de la gran efectividad del virus-M. Eso también se tendría que limpiar, pero no hasta que hubiera llevado allí a los MAGNIFICOS para un pequeño ejercicio de entrenamiento. Iba a ser un encuentro interesante. Los MAGINIFICOS eran buenos, él personalmente había elegido a la mitad de ellos, pero nunca se habían enfrentado a nada parecido al virus-M. El soldado agonizante de la pantalla era un ejemplo perfecto: cargado del virus recombinante, seguía recorriendo el comedor, incansable, lenta y estúpidamente. No sentía ningún dolor, y atacaría sin dudarlo a cualquiera o cualquier cosa que se cruzara en su camino, con el virus buscando constantemente nuevos portadores a los que infectar. Aunque el vertido original supuestamente había contaminado el aire, pasado ese tiempo, el virus sólo se contagiaba a través de los fluidos corporales. Por la sangre, o por un mordisco. Y el soldado tan sólo era un hombre, a fin de cuentas; el virus-M atacaba a todo tipo de tejido vivo, y había otros… animales… para ver en acción, incluyendo desde creaciones de laboratorio a la fauna local. Enrico debería de tener ya a los Bravo en acción, buscando a los excursionistas desaparecidos, pero no era muy probable que encontraran nada allí donde había planeado buscar. Muy pronto, Smith se encargaría de organizar una excursión de los dos equipos a la «desierta» mansión Spencer. Entonces borraría todas las pruebas, iniciaría su nueva y rica vida, y mandaría al infierno a White Psycho System, al infierno su vida de agente doble, jugando con las vidas de hombres y mujeres que no le importaban en absoluto. El hombre agonizante de la pantalla volvió a caerse, consiguió levantarse con esfuerzo y continuó dando vueltas. —A por el oro, muchacho —dijo Smith, y soltó una risita que resonó en el oscuro vacío. Algo se movió entre los matorrales. Algo mayor que una ardilla. Rebecca se volvió hacia el sonido mientras dirigía el haz de la linterna y su nueve milímetros hacia el matojo. La luz captó el final del movimiento, las hojas aún se movían y la luz de la linterna temblaba al mismo ritmo. Se acercó un paso, tragando saliva y contando hacia atrás desde diez. Fuera lo que fuera, se había ido. Un mapache, seguro. O quizá el perro de alguien que se ha escapado. Miró el reloj convencida de que debía de ser la hora de regresar, pero vio que únicamente había estado sola durante poco mas de cinco minutos. No había visto u oído nada desde que se alejó del helicóptero; era como si todos los demás hubieran desaparecido de la faz de la tierra. O he desaparecido yo, pensó sombría. Bajó ligeramente el cañón de la pistola y miró hacia atrás para comprobar su posición. Había estado dirigiéndose más o menos hacia el suroeste del lugar donde habían aterrizado; seguiría adelante durante unos minutos y luego… Rebecca parpadeó sorprendida al ver una pared de metal bajo la luz de la linterna, a menos de diez metros. Recorrió la superficie con el haz y vio ventanas, una puerta… —Un tren —murmuró, frunciendo el entrecejo. Le parecía recordar algo sobre una vía en aquella zona… White Psycho System, la corporación farmacéutica, tenía una línea privada que iba de Latham a Winsburg City, ¿no? No estaba muy segura de la historia porque no era de la región, pero juraría que la compañía se había fundado en Winsburg. La sede principal de White Psycho System se había trasladado Al Oeste de Europa hacía algún tiempo, pero aún seguían siendo los dueños de casi toda la ciudad. ¿Y qué hace esto aquí, en medio del bosque, a estas horas de la noche? Recorrió el tren de arriba abajo con el haz de luz y descubrió que había cinco vagones altos, de dos pisos cada uno. Justo bajo el techo del vagón que tenía delante vio escrito EXPRESO ECLÍPTICO. Había unas cuantas bombillas encendidas, pero eran muy tenues, con una luz casi incapaz de atravesar las ventanas, y de éstas, varias estaban rotas. Le pareció ver la silueta de una persona junto a una de las que permanecían intactas, pero no se movía. Quizá estuviera durmiendo. O herida, o muerta. Tal vez esta cosa se detuvo porque Billy Coen encontró la manera de llegar a la vía. ¡Menuda idea! En ese mismo momento podía encontrarse dentro, con rehenes. Había llegado la hora de pedir refuerzos. Movió la mano hacia la radio, pero se detuvo. O quizá el tren se averió hace un par de semanas y todavía sigue aquí, y todo lo que encontrarás dentro será una colonia de marmotas. ¿Se burlarían los del equipo de eso? No, se mostrarían muy amables, pero ella tendría que aguantar que le tomaran el pelo durante semanas o incluso meses por pedir refuerzos para entrar en un tren vacío. Volvió a mirar el reloj y vio que habían pasado dos minutos desde la última vez. De repente, sintió que una gota de un líquido frío le caía en la nariz y después otra en el brazo. Luego oyó el repique suave y musical de cientos de gotas que caían sobre las hojas y la tierra, y finalmente de miles, cuando la tormenta por fin se desencadenó. La lluvia decidió por ella; echaría un vistazo rápido al interior del tren antes de regresar, sólo para asegurarse de que todo estaba como debería estar. Si Billy no rondaba por ahí, al menos podría informar de que el tren parecía estar despejado. Y si él estaba allí… —Tendrás que vértelas conmigo —murmuró, y sus palabras se perdieron en el estruendo de la tormenta, que fue arreciando mientras ella avanzaba hacia el tren. Saludos
  24. hola amigos, aqui les mando el primer relato de esta saga. Ocurre en el pasado: PROLOGO: En una noche tormentosa del año 1986... El tren se mecía bamboleante mientras atravesaba los bosques de Winsburg, una cidudad situada a 100 km de Londres, Inglaterra. El estruendoso traqueteo de las ruedas se repetía como en un eco en los truenos que rasgaban el cielo del ocaso. Bill Nyberg hojeó el expediente Hardy, que había sacado del maletín que tenía a sus pies. Había sido un día muy largo, y el suave balanceo del tren lo adormilaba. Era tarde, más de las ocho, pero el Expreso Eclíptico estaba casi lleno, como solía pasar a la hora de la cena. Era un tren de la compañía y, desde la renovación —Psicho System había gastado mucho dinero para dar un aire retro al vagón restaurante, desde los asientos de terciopelo hasta las lámparas de lágrimas—, muchos de los empleados llevaban allí a su familia o amigos para que disfrutaran del ambiente. Normalmente había unas cuantas personas de fuera de la ciudad que hacían trasbordo en Latham, pero Nyberg habría apostado a que nueve de cada diez pasajeros trabajaban para Psycho System. Sin el apoyo del gigante farmacéutico, WinsBurg ni siquiera sería una área de descanso en la carretera. Uno de los camareros pasó a su lado y lo saludó con un leve movimiento de cabeza al ver la pequeña insignia de Psycho System en la solapa de su chaqueta, lo que identificaba a Nyberg como un pasajero habitual. Nyberg le devolvió el saludo. En el exterior, el resplandor de un relámpago fue seguido rápidamente por el estruendo de otro trueno. Al parecer se avecinaba una tormenta de verano. Incluso en el agradable frescor del tren, el aire parecía cargado con la tensión de la lluvia inminente. Y mi gabardina está… ¿en el maletero? Fantástico. Tenía el coche al final del parking de la estación. Antes de llegar a la mitad del camino ya estaría calado. Suspirando, volvió a centrar la atención en el expediente mientras se arrellanaba en el asiento. Ya había revisado el material varias veces, pero quería estar seguro de cada uno de los detalles. Una niña de diez años llamada Teresa Hardy había participado en la prueba clínica de un nuevo medicamento pediátrico para el corazón: Valifin. Resultó que la droga hacía exactamente lo que se esperaba de ella, pero también causaba fallos renales, y en el caso de Teresa Hardy el daño había sido muy severo. Sobreviviría, pero probablemente tendría que someterse a diálisis el resto de su vida. El abogado de la familia pedía una fuerte indemnización. El caso tenía que resolverse con rapidez, porque la familia Hardy pretendía mantenerse a la espera hasta poder arrastrar a su doliente querubín de rosadas mejillas ante un tribunal en una sala atestada de periodistas. Y ahí era donde Nyberg y su equipo entraban en acción. El truco consistía en ofrecer lo justo para satisfacer a la familia, pero no lo suficiente como para que su abogado, uno de esos leguleyos del tres al cuarto de «nosotros no cobramos a no ser que usted cobre», viera el cielo abierto. Nyberg sabía cómo tratar a esos cuervos que se presentaban en la cama del paciente incluso antes que el médico; lo tendría todo solucionado antes de que Teresa regresara de su primer tratamiento. Para eso le pagaba Psycho System. La lluvia salpicó ruidosamente la ventana, como si alguien hubiera lanzado un cubo de agua contra el cristal. Sorprendido, Nyberg miró hacia el exterior. Justo entonces varios golpes secos resonaron sobre el techo del tren. Perfecto. Iban a tener hasta granizo. El destello de un rayo rasgó la creciente oscuridad e iluminó la pequeña colina empinada que se hallaba en la parte más profunda del bosque. Nyberg alzó la mirada y vio una alta figura recortada contra los árboles en la cima de la colina, alguien con un abrigo largo o una túnica oscura sacudida por el viento. La figura alzó los brazos hacia el furioso cielo… y el resplandor del rayo se desvaneció, sumergiendo de nuevo en sombras la extraña escena. —¿Qué demonios…? —comenzó a decir Nyberg, y más agua golpeó el cristal. Pero no era agua, porque el agua no se quedaba enganchada formando gruesas masas oscuras, porque el agua no babeaba ni se abría para mostrar docenas de brillantes dientes afilados como agujas. Nyberg parpadeó sin saber qué era lo que estaba viendo. Alguien comenzó a gritar en la otra punta del vagón, un alarido largo y estridente, mientras más de las oscuras criaturas parecidas a babosas del tamaño del puño de un hombre se lanzaban contra las ventanas. El sonido del granizo al caer sobre el techo pasó de repiqueteo a torrente, y su estruendo ahogó los muchos nuevos gritos. ¡No es granizo, eso no puede ser granizo! Un pánico ardiente recorrió el cuerpo de Nyberg, y se alzó de golpe. Llegó hasta el pasillo antes de que el vidrio a su espalda saltara hecho añicos, antes de que todos los vidrios del tren volaran en pedazos con un sonido agudo y seco que se mezcló con los gritos de terror, todo ello casi ahogado por el continuo estruendo del ataque. Las luces se apagaron, y Nyberg notó que algo frío, húmedo y cargado de vida le caía sobre la nuca y empezaba a morder. Saludos
  25. Hola amigos, aqui les mando el capitulo 23 Capitulo XXIII: EL TEMPLO DE LAS TRES PIEDRAS Lara se apura llegar con Alister y Zip al avion. John lo estaba esperando. John:- Veo que salio todo perfecto, no? Lara: -Si, por lo menos pudimos recuperar la piedra. Bueno vamos a llevar a acabo lo que teniamos planeado para encontrar la tercera piedra Zip:-Ok, ya John me subio todo el equipo, entremos Los 4 subieron al avion, y van al fondo de todo ,a donde habia una mesa, con una notebook, varios libros y otra cosas que parecian importantes. Zip se sento. y agarra la notebook y entra a un mapa satelital de Egipto. Hace un zoom de un 50% para focalizar adonde estaba ellos. Zip:-Muchachos nosotros estamos en esta localizacion, estamos solo a 10 km del templo adonde esta la tercer y ultima piedra. Como ven las fuerzas de Bartoli estan un poco mas lejors, pero estan esperando que nosotros obtengamos la piedra para que despues nos saquen la misma. La cuestion es que este templo es enorme, mide 100 metros x 100 metros. Y eso no es todo. si hacemos un zoom adonde esta templo, vemos que realmente la piedra esta metida como 400 metros por debajo del templo. Por lo calculo debe estar lleno de trampas de todo tipo. Lara la vas a tener fea para conseguir la piedra Lara:-Ya pasamos varias penurias y llegamos hasta aqui, no voy a dar marcha atras. Por lo tanto vayamos ya al templo Zip:-Por lo que vi la entrada esta en lo alto del templo, ahi localize la figura del Anubis con el hocico invertido. Lara:- Excelente amigos, John saca el jeep, equipense a full y vayamos alli Dicho esto nuestros amigos se equipan con todo y se saeln a toda velocidad hacia el templo de la tercera piedra. En 10 minutos llegan alli. Zip tenia razon, era increible el tamaño de ese templo. El jeep para a solo 3 metros del templo y Lara se baja, con todo el equipamiento necesario. Zip,le desea buena suerte. Lara:-Bueno escondase por algun lado, por si acasosi las fuerzas de Bartoli se acercan. Zip:-No te preocupes, ya por las imagenes satelitales ya localice un buen lugar adonde escondernos. Nos mantendremos comunicados por radio y te guiare con el mapa de la Note book si es necesario, pues hay partes del templo que son un laberinto Lara:-Excelente Lara se acerca al templo y empieza a subir por la enorme escalera de piedra. La puerta estaba a solo unos 15 metros de altura, mas o menos unos tres cuartos de la altura del templo. Lara se dio vuelta y vio como el jeep se alejaba rapidamente. Lara se acerco a la enorme puerta y es verdad tenia el anubis con el hocico invertido. Era enorme el dibujo y parecia que su ojo era un interruptor para abrir la puerta. Lara presiono el ojo, este se hundio y la puerta se empezo a abrir poco a poco, hasta dejar descubierto un tetrico pasillo, lleno de telarañas y ua tenue luz, provieniente de respidaderos que se habian hecho en el templo. Entro sigilosamente, pero empezaron los problemas ahi mismo, las paredes empezaron a cerrarse de golpe. Lara Salio corriendo con todo y paso como un rayo unos 20 metros hasta que llegar por un pelo antes de que se cerraran los muros. Lara:-Uffff, no la voy a tener tan facil Zip, el maldito templo me dio un recibimiento tetrico Zip:-si Lara, por eso te dije que tuvieras cuidado Lara: Cambio y fuera Lara miro esa nueva habitacion y era enorme. Estaba llenode jeroglificos e imagenes, que mostraban como era la hsitoria del viejo Egipto. Al costado habia estatuas enormes de soldados egipcios, como si vigilaban esa terrorifica habitacion. Lara siguio caminando lentamente y vio que la habitacion se achicaba a un pasillo como el primero, siguiendo caminado unos 10 metros mas y de golpe salieron del piso como unos tubos que empezaro a dispara dardos, con puntas de hierro. Lara con agiles movimientos esquiva todos los dardos, saca sus armas y destruye todos los disparadores. Despues de que es destruido todo, Lara se levanta un poco cansada y sigue caminando por el pasillo, en la cual nota que empieza a bajar, como le habia dicho zip. Llega a otro nivel y ve que adelante hay una cuchilla que se cierra se abre. La cuchilla tenia forma circular, muy parecida a una que habia tenido que sortear en la tumba de Seth, cuando fue a buscar el Anhk en 1999. Lara se acerca a la cuchilla mortal, y cuando se abre, lo cruza con un salto habilidoso, se levanta y sigue caminando, ahi nomas encuentra otra cuchilla, que la pasa de la misma manera. sigue su caminando y no ta que el pasilo empieza a bajar de nuevo, pero cuando pisa la pendiente, el piso se pone mas liso y Lara empieza a resbalar. Lara ve a lo lejos, que el piso se abre, dejando un pozo lleno de estacas. Lara, cuando llega al borde pozo, salta y sortea el peligro. Zip:-Esta bien Lara!!!!!?????? Lara:-si no te preocupes Lara continua su camino y ve que el pasillo se ensancha mas y pero cada pocos metros hay varios pozos, de unos 5 metros de largo y adonde hay dos gudañas oscilando un lado a otro, sobre el pozo. Lara calcula mas o menos el tiempo que tarda las guadañas y realiza el primero salto ,pasando muy bien. Lara se acerca con cuidado al otro pozo, calcula el tiempo. Nota que las guadañas oscilan mas rapidos, por eso cuando salta, una parte de su ropa es rasgada por la segunda guadaña, pero llega entera al otro borde. se acerca al ultimo pozo y ve que hay dos guadañas, un pilar en el medio y otras dos guadañas. Lara salta hacia el pilar, pasando las dos cuchillas y se para en el pilar. Pero el mismo empieza a ceder por el peso de la arqueologa. Salta rapidamente pasando por un pelo las otras dos guadañas y llega entera al otro borde. Lara se levanta y llega a una habitacion enorme, adonde hay una puerta de unos 10 metros de alto totalmente de metal y piedra y adonde hay 4 simbolos. Lara se acerca a la puerta y nota que cada simbolo tiene un jeroglifico. Lara traduce agua, tierra, aire y fuego. Luego nuestra heroina ve a los costados de la gran puerta y ve que hay 4 puertas mas, en la cual cada tiene un simbolo de los 4 simbolos que representan los 4 elementos Lara:-Zip, calculo que habras visto esto tambien y es logico lo que hay que hacer no? Zip:-si, Lara, tenes que conseguir esos amuletos, atras de esa gran puerta debe estar la maldita piedra Lara: Exacto, pero bue no queda otra que entrar y te digo que la bienvenida no va a ser muy dulce que digamos. Lara corta comunicacion y se dirige a la primeras de las 4 puertas, la de Aire. Entra y ve que la misma se cierra por detras. Mientras tanto a las afuera del templo, ha varias carpas de campaña. En una de ellas esta Bartoli fumando un puro. Un soldado entra rapidamente Soldado:-Señor, la srita Croft se adentro al templo, para buscar la ultima piedra Bartoli:-Excelente, era lo que esperaba Continuara... Saludos
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